Farsa dermoestética

En lo que va de una secuencia a otra, y con un intertítulo de tres años después mediante, Meg Ryan pasa de ser una madre cuarentona, obesa y ordinaria, a convertirse en una escultural madurita que se liga a adolescentes con moto ante la mirada puritana y censora de su hijo (Colin Hanks). Son los milagros de la farsa y de la suspensión del descreimiento, pero también los síntomas de la terrorífica metáfora que encierra, sin saberlo, Mi novio es un ladrón; una metáfora que nos viene a hablar de las posibilidades de la dermoestética como estrategia para convertir la comedia romántica en un aséptico producto hinchado de bótox, drástica reducción de toda esencial natural a un mortecino y tieso derivado incoloro, insípido y artificial.

Mi novio es un ladrón es a la comedia lo que esta nueva Meg Ryan estirada, demacrada y sin expresión a aquella chica con encanto que reinó en el género a comienzos de los noventa (Cuando Harry encontró a Sally, Algo para recordar). A saber, una muy depauperada versión para nuevos públicos amnésicos que tal vez no recuerden aquella tersura, aquella chispa, aquella frescura facial, aquellos ojos todavía vivos.

Improbable epicentro del deseo masculino, esta Meg Ryan sólo puede enamorar ya a la versión más estereotipada y pasada de rayos UVA de Antonio Banderas, quien parece encontrarse hoy en esa encrucijada fatal de su carrera en la que sólo le queda la opción de parodiarse a sí mismo y a su cultivada imagen de latin lover.

Juntos protagonizan un mecánico enredo blanco y tonto que mira de reojo a Blake Edwards con unos ojos igualmente estirados por el bisturí de una aséptica clínica de pago. Está feo, es oportunista e incluso algo forzado comentarlo, pero después de ver esta película se entiende mejor el reciente desvarío de Andrés Pajares.

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