Espiritismo, Catherine Zeta-Jones y otras supercherías

El trauma colectivo causado por el primer conflicto a escala mundial -en el que además se emplearon armas de un poder de destrucción hasta entonces desconocido- y el dolor personal de millones de hombres y mujeres que habían perdido a sus seres queridos en aquella Primera Guerra Mundial, más la angustia de los ciudadanos que vivían en las grandes metrópolis modernas sintiéndose funciones o números pero no seres únicos dotados de un valor absoluto, más el temor y la incertidumbre de millones de desconcertadas criaturas que habían sido desalojadas del antiguo universo de las creencias sin que las nuevas moradas científicas y positivistas pudieran acoger la complejidad de lo humano, dar razones para vivir y serenidad para afrontar la muerte propia o de los otros fueron un excelente caldo de cultivo para la floración de supercherías.

Al calor de ese trauma colectivo, de ese dolor de millones de hombres y mujeres, de esa angustia, de ese temor, de esa incertidumbre y de esa desposesión florecieron en las tres primeras décadas del siglo XX el espiritismo, los médium y otros engaños vanamente consoladores. La cosa venía desde mediados del XIX, como primera reacción a la revolución industrial, la vida en las grandes ciudades, el debilitamiento de las religiones y el triunfo del cientifismo. Ya dijo Chesterton que lo peor de quienes no creen en Dios es que están dispuestos a creer en cualquier cosa. Esta película inventa a una de estas médium tramposas que trabaja en colaboración con su hija en el Edimburgo de los años 20. Y basa su argumento en su relación con un personaje real, el gran mago y escapista Harry Houdini (1874-1926), que libró durante gran parte de su vida una batalla contra el espiritismo que enriquecía a tantos desaprensivos que se aprovechaban del dolor y el temor de los desesperados.

La idea es espléndida. El desarrollo en guión no está a su altura. Y la realización le da una pátina de brillo superficial que acaba por convertir en un aceptable entretenimiento lo que podría haber sido un duelo fascinante entre dos personajes que representarían la racionalidad (paradójicamente encarnada en el mago más famoso de la historia) y la superchería; enfrentadas en un combate que tiene como fondo las dudas, vacíos, incoherencias y anhelos de las sociedades modernas en el punto álgido de la entreguerra. La culpa primera es de la australiana Gillian Armstrong, cuya carrera desciende suave pero imparablemente como un pluma que fuera cayendo despacito de las muy estimables Mrs.Soffel y Mujercitas a las más rutinarias Charlotte Gray o esta película que hoy comentamos. A esta brillante superficialidad de la puesta en imagen (que incluye un innecesario preciosismo de época) se une como culpa segunda la pésima de interpretación de Catherine Zeta-Jones, nada sorprendente en esta mujer que todo lo debe a su no refinada belleza, que no puede contrarrestar el más estimable trabajo de Guy Pearce: como todo descansa en la seducción y engaño del segundo por la primera, la desigualdad de la pareja da al traste con lo que debía ser el núcleo de la película. Nada que ver, pese a que el título español intente hacerlo creer, con El ilusionista o El truco final.

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