"Escribo mis memorias no para cerrarlo todo, sino para empezar de nuevo"

  • La autora desvela en '¿Cómo es posible que el tiempo pase tan deprisa y yo no me dé cuenta?' (Plaza & Janés) el autorretrato de una mujer comprometida, que ha ido sacando de sí "lo que quería ser"

Cuando terminó sus memorias, cuando acabó de recordar cómo había sido ser niña de postguerra sin hambre, y ser Lolo de Alba, y ser amiga de Rosa Chacel, y conocer a García Márquez y Cortázar, y cómo había sido escribir para niños, y decir palabras impostadas, y levantar duendes que envidió Jim Henson, cuando terminó de hacer todo eso, Lolo Rico se dio cuenta de que había escrito este libro "no para dejarlo todo acabado sino para empezar de nuevo". ¿Cómo es posible que el tiempo pase tan deprisa y yo no me dé cuenta? repasa los momentos más importantes de la vida de su autora, que ya tiene en mente un ensayo y otros dos libros de ficción.

-¿Qué nos queda, del niño que fuimos?

-Nos queda la estructura: no somos exactamente el niño que fuimos, pero algo sigue ahí, permanece. Tras escribir este libro, yo terminé sintiendo algo muy especial por la niña del tintero. Me pregunto qué he hecho con ella, y cómo la trato, y siento que forma parte de lo que soy hoy.

-Imagino que le es difícil reconocerse en esas fotos de novia, tan Doris Day... Pero aún será más difícil reconocerse en el discurso de la época. Da miedo pensar que podía llegar a creérselo.

-Fue algo horrible y espantoso. No te puedes hacer una idea de lo difícil que fue salir de allí. He hecho muchos cambios a lo largo de mi vida pero salir de ese, de ser una mujer conservadora tradicional a la fuerza y estar rodeada de un grupo social que no te permitía dar un paso hacia adelante, con una jerarquía familiar tan estricta y machista, con una sociedad patriarcal a tope... y con tantos hijos. Costó cortar con todo eso y reconocerme como mujer, ver un estereotipo de mujer en el que poder encajar mal que bien. En esa época, yo tenía deseos enormes de creérmelo, de pensar que cabía ahí, porque si cabía ahí tenía una seguridad, mientras que el pensar que no y querer huir era muy duro. Cuando ya escapé y traté de ver quién era, cómo se era mujer fuera de eso, todavía estaba en una sociedad estricta y represiva, que tampoco te daba opciones. Eso sí que es un buceo, ir sacando de ti lo que quieres ser.

-Al leerla, uno tiene la sensación de que ya se conoce a la mujer de la que se nos habla...

-Eso es interesante, porque a veces encuentras una novela en la que te identificas tanto con los personajes que, al acabar, te parece que te estás separando de alguien a quien ya conocías y al que vas a echar de menos. Es una coherencia de personaje que te permite que encajen las piezas, tanto lo positivo como lo negativo... Es curioso...

-Tiene 23 tomos de diarios. ¿Necesita hablarse para explicarse las cosas?

-Mi cabeza se ordena cuando ordeno armarios, cuando limpio un poco... y cuando escribo. No para publicar necesariamente, cuando escribo para mí, un diario, o cuando tengo que tomar una decisión y lo hago tomando notas... fuera de mí, lo veo más claro. Hace mucho que quería volver a escribir: es una forma de encontrar un interlocutor.

-¿También este libro es un intento de encontrar interlocutor?

-Me costó empezar a escribirlo, sufrí mucho: es un ejercicio en el que tienes que mover toda tu vida, como una de esas construcciones infantiles en las que quitas una pieza y se derrumba todo, y afloran muchas cosas que no tenías interés en que volvieran. Recordarlas me ponía muy sensible. Mientras lo escribí, sin embargo, estuve tranquila, porque ya tomó carácter profesional. Produce una gran satisfacción verlo en las estanterías y poder coger mi vida en mis manos, mi vida cerrada, hecha libro.

-Una de las cosas más frustrantes, supongo, de estas memorias, fue el intento de descubrir qué ocurrió realmente con su padre...

-Sí, qué dio lugar a todas las cosas que le pasaron, cuál fue su papel en la Guerra Civil, por qué sufrió tanto. No sé por qué la postguerra para él fue tan dura. Gran parte de mi frustración es también la suya: hubo momentos en su vida en que pensó que se había equivocado. Estaba descontento con el Régimen, aunque no lo verbalizaba mucho. No formaba parte ni de los vencedores ni de los vencidos.

-Afirma que fue una auténtica sorpresa ver la expectación levantada cuando publicó el libro de La Bola de Cristal. ¿De verdad no pudo imaginar el impacto generacional que tuvo?

-No, de verdad que no. Cuando creé el programa pensé que podía tener buena acogida, me daba buen pálpito y claro que me di cuenta de que tenía éxito, pero acabó y ya está. No podía sospechar que iba a permanecer tanto en el tiempo. Por eso no me lo creía cuando me encontré todo lo que se formó en la presentación en la Fnac, y luego, con todas esas manifestaciones de cariño...

-Asegura que el fin de La Bola de Cristal llegó por problemas de censura con un sketch sobre la enseñanza privada. ¿Sólo por eso o hubo al go más?

-No, no, que yo sepa, fue sólo por eso. Además fue muy extraño porque en los cuatro años que llevábamos, nunca tuvimos ni una palabra de más sobre nada. Lo único que me dijeron, cuando el referéndum de la OTAN, fue 'Lolo, por favor, no hagas propaganda en contra'. Y claro, emperrarme hubiera sido estúpido... pero aún así, el documentalista propuso unas imágenes, con una manifestación de gente que formaban la frase 'OTAN no' con sus cuerpos. Y cuando me encontraba a alguien de dirección en el pasillo, me encerraba en los lavabos. Pero nunca dijeron nada. Nunca tuve que presionar a mi gente.

-En su vida, subraya la importancia del valor de la mirada...

-Esa es una frase estupenda. Mira, abrí la presentación de Madrid diciéndolo, con una anécdota de una nieta... no le estaba gustando cómo vestíamos a una muñeca y, de repente, se giró hacia una de sus tías y le dijo, 'Y tú, ¿cómo lo ves?'. Y es justo eso. Me hizo entender muy bien entendido el punto de vista.

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