Energía que se pierde en el paisaje

Libremente inspirada en la Gloria de John Cassavetes que interpretara Gena Rowlands, la Julia que da título al nuevo filme de Erick Zonca, autor de dos obras maestras indiscutibles del último cine francés, La vida soñada de los ángeles y El pequeño ladrón, certero adaptador hasta ahora de las enseñanzas bressonianas bajo la superficie de un realismo seco y directo cercano al cine de los hermanos Dardenne, sigue siendo esa mujer vapuleada por la vida, siempre en el límite, a la que las circunstancias, la desesperación y el azar ponen en la tesitura de redescubrise a sí misma a través de una maternidad forzada y criminal.

Metida en la piel del personaje a través de un ejercicio de entrega y desgaste físico extremos, la siempre excelente Tilda Swinton imprime a su Julia una poderosa energía autodestructiva de la que pronto emerge una insospechada lucidez y una pasmosa habilidad femenina para enfrentarse a una escalada de violencia (machista) en las calles de Tijuana.

Acuciada por serios problemas económicos, reventada por el alcohol y los excesos, Julia acepta ayudar a una vecina psíquicamente trastornada a secuestrar a su hijo, supuestamente retenido por su abuelo, a cambio de una gran cantidad de dinero. En la operación, las cosas se tuercen y Julia huye con el niño de Los Ángeles hacia México, donde la situación se complica aún más.

Si en la primera parte asistimos a un interesante retrato de ambientes, a mitad de camino entre la fotografía de Helmut Newton y la literatura de Bukowski, en el que podemos reconocer el sello de Zonca en su superficie pseudodocumental y en un aparente distanciamiento psicológico de sus personajes, la película se adentra pronto en el terreno de la dictadura de lo escrito, a saber, dejándose apretar en un recorrido dramático y genérico excesivamente marcado por el guión, casi hasta el límite de lo verosímil, más allá de lo creíble. Y es que Zonca, hasta entonces interesado por el paisaje, por los cuerpos, por el extrañamiento de una mirada ajena a la peculiar iconografía angelina, sucumbe pronto a la peripecia, al giro argumental caprichoso, a la psicología, a la velocidad, al estereotipo, al excesivo y enrevesado impulso narrativo con el que el guión somete al film, incapaz ya de respirar lejos de sus marcas de thriller polvoriento y fronterizo (y aquí entra en juego la fea sombra de Soderbergh y González Iñárritu) al que hay que echarle muchas, tal vez demasiadas, ganas para no verle las costuras.

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