Encerrona de Morante en Zaragoza: seis toros y ni una sola ovación

  • El diestro de La Puebla no estuvo bien, pero no volvió la cara ni estuvo corriendo, ni le asaltaron dudas en los seis trasteos

Ni una vuelta al ruedo, ni siquiera una ovación en toda la tarde para Morante en los seis toros que estoqueó en solitario, ayer en Zaragoza. Morante pegó un petardo. Pero los que de verdad fracasaron fueron sus veedores, pues no puede haber en el campo toros más feos de hechuras y con menos garantías para embestir que los seis que saltaron ayer al ruedo de La Misericordia.

Si el toro no está en tipo, lo lógico es que no embista. Y a Morante no le embistió ni uno de los seis.

No se trata de buscar disculpas por su fracasada tarde. Morante no estuvo bien. Pero tampoco estuvo corriendo, ni volvió la cara, ni le asaltaron dudas en los seis trasteos.

Acaso flaqueó de ánimo en el zalduendo que hizo quinto, al comprobar que en las probaturas el toro no se entregaba. Se le iba la tarde sin el triunfo deseado. Nervios por la falta de raza y acometividad en los toros. Morante venía a encerrarse con seis y se encontró con una encerrona. Menuda la que le prepararon con los seis mansos, a cual peor para hacer el toreo.

La tarde transcurrió para el torero entre un quiero y no me dejan. Tampoco el tendido perdía la ilusión. Las palmas por bulerías antes de salir los tres últimos lo dicen todo. La gente tenía ganas de ver triunfante al torero de La Puebla del Río.

Pero esta vez sólo pudo estar en detalles aislados: en el primero, dos lances por el derecho y dos trincheras en la apertura de faena.

Pasó de puntillas con el mulo segundo. Torerísimo inicio de faena a dos manos y sobre las piernas con el altón tercero, al que terminó tocándole las orejas para cortarle el viaje, lo que enfadó mucho al personal.

Cosas notables en el cuarto, como dos lances a la verónica y una media de cartel, sin embargo, la faena de muleta no tomó altura por la falta de raza del toro, que estuvo cuatro veces en el suelo echado a todo lo largo antes de montarle la espada.

La falta de codicia del quinto trajo dudas a Morante. Y ya en el sexto, para dejar claras sus buenas intenciones se plantó de rodillas con una larga cambiada en el tercio, luciéndose a continuación con lances a la verónica de mucho primor. Llegó a tomar incluso las banderillas para dejar tras pares elegantes, bonitos y fáciles. Pero otra vez se vino todo abajo con la muleta. Dos derechazos con remate de molinete invertido y ligado a uno de pecho, y poco más. El toro rebrincado, defendiéndose y sin clase.

Alguien gritó desde arriba "¡Estamos contigo, poeta!". Pero ya no era cuestión de ánimo. Dejar sin toros a un torero es como robarle las palabras al escritor. Y sin versos no hay poesía.

Lo que no transcendió, algo mucho más triste, fue que el veterano banderillero Manolo Bueno pensaba decir adiós a la profesión tras el último arrastre de ayer. Se cruzó un percance en el cuarto. Una cornada terrible, aunque todavía el doctor Carlos Val-Carreres daba gracias a Dios porque no hubo vísceras afectadas.

Otra manera de mirar y valorar la suerte.

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