Deslumbrante esperpento

La llegada del equipo de colaboradores más próximos a Andreotti -ministros, banqueros, empresarios, un obispo- filmada como la de un grupo de mafiosos o de pistoleros de Sergio Leone, tras la traca de la obertura que presenta algunas de las muchas muertes que jalonaron el último mandato de Giulio Andreotti, da la clave agriamente caricaturesca de esta admirable película. Paolo Sorrentino retrata a la vez la Italia de entre los 70 y los 90 a través de Andreotti con la ferocidad con la que Daumier representó el Segundo Imperio en sus caricaturas. La voz hipnóticamente monótona de Andreotti, desgranando sus famosas paradojas de deslumbrante a la vez que oscuro cinismo, recorre Il Divo como si una serpiente se deslizara sobre la película.

Este soberbio retrato-caricatura es un aguafuerte en el que el político italiano a veces puede recordar a Nosferatu, a veces a un Quasimodo que conociera todos los recovecos de los sótanos -en vez de los techos y las gárgolas- del Vaticano, a veces un muñeco de ventrílocuo que hubiera cobrado autonomía (aunque quepa la sospecha de que el mal habla a través de él), a veces un Frankenstein renacentista hecho con trozos de Borgia y Maquiavelo (y a veces, sólo para el público español, a Pedro Erquicia parodiado por José Corbacho).

Rígido, recluido en sí mismo, esclavo de su inteligencia y servidor de su ambición, atormentado y atormentador, sin escrúpulos pero íntimamente torturado por su conciencia católica, insomne, espiritualmente devastado por la ironía y la frialdad que ha convertido en instrumentos de supervivencia, perseguido por el recuerdo de Aldo Moro -el compañero que, antes de ser asesinado, le suplicó desde el zulo en que estaba secuestrado que negociara su rescate y dejó escrito su desprecio hacia él-, obsesionado por el sueño nunca alcanzado de ser presidente de la República, el Andreotti retratado por Sorrentino, y prodigiosamente interpretado por Toni Servillo, es un personaje que sólo la esplendorosa y retorcida historia de Italia podía producir. Como la cadena de suicidios, envenenamientos, ahorcamientos, atentados y escándalos de estado que hicieron temblar el Vaticano además del Quirinal sólo podía darse allí. Por eso esta película sólo podía ser italiana. Sólo España, recuérdese a Quevedo, a Goya o al Valle Inclán que tanto evoca este esperpento italiano, podría también hacerlo. Pero carecemos del nervio y el talento cinematográficos necesarios.

Sorrentino, que a ratos parece un nieto fílmico del más inflamado Pasolini -del articulista, más que del cineasta- y que algo ha heredado de Fellini, tiene este nervio y este talento que sólo pueden darse cuando la tradición y el genio se unen. Tras los éxitos sucesivos de L'uomo in più (2001), Le conseguenze dell'amore (2004) y L'amico di famiglia (2006), esta película le consagra como una de las grandes promesas del cine italiano. Como se ha escrito en Il Corriere della Sera, "Sorrentino es uno de esos directores que hacen pensar que el cine italiano no sólo está vivo, sino que puede incluso permitirse un poco de ambición y que hay directores que no se contentan con contar historias, sino que tienen ganas de inventar nuevas formas y experimentar con nuevos lenguajes". Y vaya si lo hace. La secuencia que encadena las declaraciones de los mafiosos arrepentidos, el monólogo sobre la necesidad del mal o los paseos al amanecer del Divo lo confirman.

"Debo decirte que no te conozco. No te comprenderé nunca", le comenta uno de sus más próximos colaboradores. Por eso la figura de Giulio Andreotti fascina y repele. Esta es la impresión que saca el espectador de esta apasionante, oscura, ácida e inteligente película que inaugura una nueva forma cinematográfica de biografiar: El Padrino a la vez que La dolce vita del cine político, podría decirse sin exagerar.

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