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Un gran Daniel Radcliffe se enfrenta a monstruos reales

Radcliffe en el primer largometraje de Daniel Ragussis. Radcliffe en el primer largometraje de Daniel Ragussis.

Radcliffe en el primer largometraje de Daniel Ragussis.

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Un muy buen Daniel Radcliffe definitivamente liberado de Harry Potter es un tímido y solitario hombre de despacho del FBI que es convencido para infiltrarse en las organizaciones supremacistas y neonazis estadounidenses. Aunque resulta tranquilizador pensar que son un puñado de brutos y brutales cabezas rapadas, medio locos unos o cabreados otros por su fracaso y exclusión social, en realidad son más que un puñado, no todos están colgados o son marginal white trash (basura blanca) y el universo de las redes les ha ofrecido oportunidades para unirse y multiplicarse.

La historia es en gran medida real y se inspira en las memorias del agente Michael German, que logró infiltrarse durante dos años en las tramas neonazis y racistas americanas. Él mismo escribe el guión junto al realizador, debutante en el largometraje, Daniel Ragussis. Al guión se le puede achacar tomarse demasiado tiempo en los tiempos muertos y correr demasiado en la precipitada conclusión. Al joven director, al parecer muy comprometido con la denuncia ya que se dio a conocer con un cortometraje dedicado a Fritz Haber, el polémico premio Nobel alemán padre de la guerra química, se le puede también reprochar una sorprendente demasía de oficio en un debutante y un déficit de brillo y fuerza. Lo que no obsta para que esta película honesta y necesaria (recuerden a Papini: el éxito del Diablo es hacer creer que no existe) sea digna de verse.

La excelente banda sonora de Will Bates aporta valor y vigor por su originalidad y su capacidad para crear desasosiego. Entre lo previsible -las malas bestias tatuadas y rapadas, los colgados del KKK, los grotescos nazis uniformados- y lo menos previsible -el culto y ejemplar padre de familia que en realidad es un lobo fanático- Ragussis profundiza en las posibilidades asesinas de estos grupos, suficientemente demostradas en el atentado de Oklahoma City que en 1995 ocasionó 168 víctimas, el mayor sufrido por los Estados Unidos antes del 11-S. La acción del agente German evitó un nuevo ataque que hubiera podido tener las mismas o peores consecuencias.

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