Culpa, lectura y barbarie

Daldry triunfa gracias a los sólidos textos en los que basa sus guiones, al preciosismo formal y a sus grandes dotes como director de actores. Pero sólo añade el convencimiento al triunfo cuando se deja llevar, de una u otra forma, por la música. Así sucedió con Billy Elliott y con Las horas. La primera era la conocida historia de un niño que quiere ser bailarín. La segunda es un juego metaliterario con Virginia Woolf que se dejaba llevar por la impetuosa y nóblemente romántica música de Philip Glass. En esta ocasión ha triunfado pero no ha convencido.

Hay un sólido texto en la base de la película, la novela de Bernhard Schlink, y una grandísima interpretación de Kate Winslet. Pero falta la música, tanto en sentido visual como musical. La espléndida música de Philip Glass era el cauce emocional por el que discurrían las imágenes de Las horas. La partitura de su "protegido" Nico Mulhy (que no le llega, al menos de momento, a la suela de los zapatos), y la forma en que Daldry la utiliza, sólo ilustra convencionalmente la acción. Y lo peor es que tampoco la música de las imágenes fluye con la naturalidad que el drama requiere ni la impetuosidad que la tragedia exige. En su primera mitad la película parece a veces atascarse, estancarse, engolliparse... Hasta resultar morosa.

La primera parte funciona mal porque la relación entre el adolescente y la mujer adulta está puesta en imágenes con una frialdad que contrasta con los embistes sexuales supuestamente apasionados, filmados a la vez de forma explícita y estetizada. Demasiadas contradicciones. La segunda parte, tras el traumático reencuentro de los antiguos amantes, funciona mejor gracias a la apasionante trama dramática que gira en torno al juicio y al destino de ella.

Lo más complejo, aquello que debía unir ambas partes como el alma de la narración, se apunta con cierta torpeza: se trata de la siempre compleja relación entre la cultura (en este caso representada por la lectura) y la barbarie (representada por el nazismo). Esa tremenda cuestión sobre la que, como recuerdo hoy en un artículo de La ciudad y los días, escribió George Steiner en La barbarie de la ignorancia (véase página 9). Es de esto de lo que trata, en realidad, la película. O de lo que debería tratar, si no fuera más fiel a la letra de la novela que a su espíritu. Añadiendo a ese trascendental motivo, agravándolo, el de la culpa alemana con relación al Holocausto.

Pero a Daldry parecen faltarle las fuerzas dramáticas para representar esta idea a través de los personajes. Aunque no carece la película -repito: sobre todo en su segunda parte- de garra dramática, debida sobre todo al talento de la Wislet, sólo cuando Daldry se deja llevar por la música -de las imágenes, de las palabras, de la partitura: Kate aprendiendo a leer- El lector alcanza el vuelo dramático que la hace superar la adaptación milimétricamente calculada para satisfacer a las audiencias esnobs y aspirar a premios, conviertiéndola en puro cine.

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