Crítica de Cine cine

Cuerpo, palabra y tiempo

Théo y Hugo, París 5:59

Drama, Francia, 2015, 97 min. Dirección y guion: Olivier Ducastel, Jacques Martineau. Fotografía: Manuel Marmier. Intérpretes: Geoffrey Couët, François Nambot, Georges Daaboul, Mario Fanfani, Elodie Adler, Bastien Gabriel.

Théo y Hugo arranca en las catacumbas de lo prohibido, con una larga secuencia de veinte minutos que nos muestra una lúbrica danza de los cuerpos, una búsqueda de miradas, sexo homosexual explícito en un laberíntico local nocturno de París.

Ducastel y Martineau (Jeanne y el chico formidable) coreografían ese serpenteante juego del deseo y la carne con elegancia y pudor justo, acompasándolo con músicas electrónicas constantes, plenamente conscientes de la necesidad de hacer palpar ese tiempo y ese espacio limitado como puerta de entrada a su relato. Y no, no es esta valiente secuencia un guiño a la sordidez pirotécnica de Gaspar Noé aunque pueda parecerlo. Se trata más bien de celebrar el cuerpo masculino deseante y deseado, su explosión táctil, su cadencia, como prólogo antes de salir a la superficie.

Lo que seguirá entonces es el deambular nocturno por las calles casi desiertas de dos de esos amantes entrelazados, Théo y Hugo (excelentes Geoffrey Couët y François Nambot), casi únicas piezas de un drama romántico que se desplaza en bicicleta y a pie por los alrededores del Canal St. Martin, de nuevo con pleno dominio del tiempo, buscando dar soluciones a los primeros (y serios) problemas de la pareja, construyendo desde la palabra, la complicidad y la espera lo que pudiera ser el nacimiento del amor.

Ducastel y Martineau siguen aquí fieles a la lógica de su método, el tiempo se palpa en presente sin sensación alguna de pesadez, las palabras, las miradas y los silencios se entrecruzan en justo equilibrio, tomarse tres pastillas, con un buche de agua y un bollo de pan mediante, puede llegar a convertirse un gesto trascendental precisamente porque la cámara lo observa y lo filma en la integridad rutinaria de su proceso.

Puede verse esta película como una suerte de ascenso a lo real, como una inversión del relato romántico con el miedo instalado en su corazón, también como un homenaje a esas noches blancas y libres en las que todo es posible, noches hechas para los marginados, los exiliados, los solitarios o los trabajadores invisibles.

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