Coreografías para un genio

La interpretación de piezas creadas para su proyección escénica encierra múltiples posibilidades, imprevisibles desde el punto de vista de la creación. Beethoven, genio y figura de la música occidental, marcado al mismo tiempo por el éxito y el sufrimiento, nunca hubiera imaginado, por ejemplo, que parte de su novena sinfonía se convertiría en el himno de la Unión Europea, de la que, por cierto, sólo se nos recuerda que existe cuando sobrevienen las elecciones pertinentes. O , sin haber escrito nunca un ballet, que las notas de sus composiciones conocieran un día su trascripción kinésica, como las propuestas que presenta la compañía de Víctor Ullate.

El primer trabajo, Tres, que parte de las sonatas nº 2, 5 y 14 -conocida esta última como Claro de luna- se resuelve con sobriedad estética, es un espacio neutro focalizado hacia un rectángulo central, epicentro de pasiones, tensiones y distensiones, atracciones y repulsiones. Este ménage a trois bailado presenta un hombre y dos mujeres ataviados en una escala del negro al blanco que atraviesa toda la gama de grises. La coreografía parte de una herencia del clásico que ha asumido la aportación de lo contemporáneo, combinando la elegancia con la expresividad total, con toques geométricos, que convierten los cuerpos en aspas de molinos o figuras de planimetría, para expresar la difícil trayectoria de moverse entre dos aguas, dos amores, dos tendencias o dos filosofías contrapuestas, sin poder decantarse por una u otra.

Pastoral, por su parte, nombre de la sexta sinfonía, en la misma línea de elegante mesura y clásico contemporáneo, es un canto de plenitud y celebración de la vida de carácter coral, a través de las tres edades. Todo el conjunto, está dotando de dinamismo y crea la ilusión de una multitud que invade el escenario, reforzado con el recurso -nada novedoso, pero siempre efectista- del gigantesco espejo que pende sobre la escena dotándola de apariencia de caleidoscopio. El primer fragmento se organiza como un coro vestido en tonos pastel -donde destacan los entrañables detalles del vestuario de las bailarinas con tutús como enaguas y barquitos o palomitas de papel como tocados- que juega a bailar, siguiendo las instrucciones de su corifeo. A continuación, la edad adulta, presenta un conjunto de parejas que parecen ondinas o náyades, como versiones perfeccionadas de lo somos en realidad, es decir, agua. Por último, la senectud, se retrata, en principio con una coreografía terrenal, de rasgos grotescos, cargada de comicidad, sin desechar el optimismo reinante desde el principio, aunando nostalgia y fortaleza, con un vestuario de campesinos en un festejo popular. La conclusión, sin embargo, vuelve hacia la gracia y delicadeza anterior, al despojarse de lo que estorba y oculta nuestra verdadera esencia, el genio que cada uno lleva dentro.

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