El Cid salva un frío espectáculo

  • El torero de Salteras consigue el primer trofeo de la temporada en una corrida sin fondo de Zalduendo · Enrique Ponce y Alejandro Talavante, que no dejan huella alguna, se marchan de vacío

Del olor del incienso pasamos al del habano. De la bulla de la Semana Santa al llenazo en los tendidos de la Maestranza. Y de la lluvia que rasgó el lucimiento del Sábado Santo a una tarde taurina que acabó fría y en la que también acabó descendiendo gradualmente el termómetro de la pasión, quedando la sensación de un festejo gélido y desangelado, muy distante de la tremenda expectación que había levantado, con cartel de no hay billetes y la reventa por las nubes. En el espectáculo, con pocos momentos puntuales de contenido artístico, el escaso calor emocional afloró con el temple del toreo al natural de El Cid, que remató una faena premiada con una oreja, única del festejo y primera de la temporada, tras una gran estocada.

La corrida estuvo marcada por el escaso fondo de los toros de Zalduendo -propiedad de Fernando Domecq-, divisa que lidiará otra corrida el próximo 9 de abril y que repetía este año en la tradicional corrida del Domingo de Resurrección, pese a que la pasada edición no había cosechado éxito. Por cierto, como noticia reseñable, los toros lucieron su correspondiente divisa -encarnada y azul-, algo que se había desechado por parte de la empresa tras la entrada del Reglamento Andaluz hace un par de temporadas.

El sevillano El Cid consiguió salir airoso, ante el mejor lote, en su primera batalla en feudo propio, la Maestranza, en un abono en el que está anunciado nada menos que en cinco ocasiones en la temporada. Con su primer toro, de gran nobleza, pero que debió cuidar en el tercio de varas, por su falta de poder, el saltereño consiguió los mejores pasajes de la tarde. Tras una primera tanda con la izquierda, sonó de inmediato la música. Brilló en una segunda serie, con dos bellísimos naturales, engarzados con un farol y el pase de pecho. Y, relajado, en el mismo platillo, dibujó de nuevo muletazos muy suaves en otra serie más larga y dividida en dos. En los cierres de las tandas hubo buenos pases de pecho. Con la diestra, el torero obligó al animal en una tanda de mano baja. No hubo más, salvo una preciosa trincherilla intercalada en el epílogo. La obra la rubricó con una estocada soberbia hasta la empuñadura. Petición de oreja y premio concedido y merecido.

El Cid también tuvo que cuidar mucho al quinto, un ejemplar manejable, que se apagó pronto. Lo mejor fueron los lances de recibo a la verónica, los únicos con entidad en todo el festejo. En la desigual faena destacó en una serie al natural muy templada. Tras la que el animal se apagó. Alargó la labor en un par de tandas más por cada pitón, sin que aquello calara en el público, que le ovacionó por su esfuerzo y por otra buena estocada.

El valenciano Enrique Ponce llegaba como triunfador de las Fallas. No dejó huella. Labor superficial y despegada ante el toro que abrió plaza, sin brío y rajado, con algunos muletazos en los que lo sometió. Con el cuarto, un mulo con cuernos, puso empeño, con gritos de algún espectador que le reprochaba el abuso del pico.

Alejandro Talavante no acertó con su primero, manso, que iba y venía, sin que el diestro se impusiera. Labor sin chispa y carente de emoción. El sexto fue un regalito: protestón, sin humillar y parado, cuando embestía lo hacía con la cabeza por las nubes.

Precisamente por las nubes de la expectación comenzó la corrida, que acabó con el chaparrón del mal juego de los toros de Zalduendo.

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