Cabeza de familia

De los jóvenes cineastas agrupados en torno a la etiqueta de Nuevo Cine Argentino (NCA) acuñada a mediados de los 90, Daniel Burman es sin duda el que mejor suerte ha corrido en el mercado español e internacional.

Esta accesibilidad a su trabajo responde a una filosofía en la que lo autorial y lo comercial coexisten en equilibrado cálculo y con un bajo nivel de riesgo. Burman asume con este sexto largometraje su condición de narrador complaciente con un público burgués de mediana edad que se reconoce sin problemas en su universo de ficción realista. No andamos lejos de una versión porteña de las comedias sentimentales de Woody Allen, determinado por las relaciones humanas (y algunos de sus clichés) en un marco urbano y sobrevolado por Freud y el judaísmo, un contexto dramático confortable para proyectar una suerte de autobiografía sentimental.

Las relaciones entre padres e hijos vuelven a planear sobre El nido vacío como lo hacían en Esperando el Mesías, El abrazo partido y Derecho de familia, aunque en esta ocasión el foco se traslade a un personaje maduro cuya crisis familiar, personal y creativa (cargadas de tópicos) articula no sólo el entramado argumental sino la propia forma narrativa del filme en un juego-truco más resultón que conseguido.

La palabra inunda y vertebra El nido vacío en un ejercicio que relega la puesta en escena a un papel secundario, funcional e invisible. Lo importante aquí es lo que se dice y cómo se dice, ese tono naturalista, a veces excesivo, al que nos acostumbra cierto cine argentino. En ese panorama, no es de extrañar que destaque la labor de los actores, sobre cuyas espaldas recae el peso del éxito de la fórmula.

Sería injusto no reconocer el buen hacer de Óscar Martínez, protagonista casi absoluto de la mirada del filme. Sin embargo, más allá de su personaje, el resto queda desdibujado entre el estereotipo urbano y el necesario complemento dramático, de su esposa (Roth) e hija (Efrón) a los amigos del matrimonio que protagonizan las escenas más explícitamente allenianas del filme.

Más discutible resulta ya el tono y la deriva del conjunto y su vuelta de tuerca final, que pretende hacernos leer la película en una dimensión metalingüística que, por otro lado, ya se apuntaba con poca contención en un par de escenas de corte onírico-fantástico. Más allá de la de la literalidad de sus palabras y de la mecánica de su escritura extraída de la observación de lo cotidiano, El nido vacío parece moverse por inercias y vicios adquiridos antes que por una sincera voluntad de dibujar un mundo interior complejo y vivo.

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