Bisbal mira, sin miedo, al tendido

  • El cantante encandila al público que se acerca hasta la plaza de toros Las Palomas de Algeciras, que registra casi tres cuartos de entrada · Los mayores disfrutan tanto del concierto como los jóvenes

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A David Bisbal le bastaron pocos segundos para encandilar a un público volcado con el artista desde el principio. Es cierto que la plaza de toros no registró un lleno absoluto (casi tres cuartos de entrada), pero los presentes recibieron al cantante con una chillerío ensordecedor. No hizo falta ninguna megafonía que anunciara su presencia, ni teloneros; tan sólo que las luces se apagaran y comenzaran a sonar las primeras notas de Sin mirar atrás. Entonces, en medio de la oscuridad casi total, la histeria empezó a adueñarse de las jovencitas que, en su mayoría, invadían la arena. Aunque, que nadie se engañe, entra tanto adolescente, también se dejaron ver muchos mayorcitos: padres y madres (y bastantes que no lo eran) encandilados por los ritmos latinos y el calor de una noche estival.

Porque, desde que se escuchó la primera sintonía, los presentes tenían ganas de saltar y divertirse, de bailar hasta cansarse, de sudar los excesos del verano y de comenzar a decirle adiós a las vacaciones. Y es que a Bisbal le hace falta muy poco para provocar al gentío, para escuchar gritos a un nivel de decibelios infinito. Así, tras continuar con Esclavo de tus versos, David se paró, se tomó un descanso y calló. Miró a los espectadores tanteándoles y soltó una de esas frases tan suyas: "Que arte Dios mío". Y, como el que no quiere la cosa, se metió a continuación a las adolescentes en el bolsillo: "Veo mucha niña guapa por aquí". Décimas después, más chillerío, más brazos al cielo, gritos de "guapo" y alguna banderita de España ondeando al cielo.

Pero las famosas vueltas y patadas que empujaron al estrellato a Bisbal en sus primeros años post Operación Triunfo se dejan ver ya poco. De vez en cuando, como los buenos clásicos, el cantante lanza un puntapié al aire y se enrosca en torno a un eje imaginario. Las niñas gritan. Las chavalas gritan. Y algunas madres también lo hacen, ya sea por acompañar a sus hijas en el desenfreno de un concierto popero o por recordar aquellos rizos que durante un año provocaron que no apartaran la vista de La 1.

Aunque Bisbal no es pop, ni rumba, ni flamenquito, ni la mezcla de todos ellos. Ni siquiera la suma o la resta de dichos estilos. Es diferente, indescifrable. Alguien a quien no sabes si darle un abrazo, como al amigo que conoces de toda la vida; o chocarle la mano por las juergas vividas y el alcohol derramado. Desde luego, ese mix de colegueo y marcha encandila al público, lo vuelve loco. Porque las niñas vuelven a gritar. Y las chicas vuelven a gritar. Y algunos se preguntan si será un bucle temporal o la segunda parte de El día de la Marmota.

Y la fascinación por el cantante no se reduce al interior de la plaza de toros. Fuera de ella, encaramados al monumento de Miguelín, más de una veintena de personas intentaban llevarse una imagen del artista. Ya sea por decir que vieron a Bisbal en uno de sus conciertos o por no reducir las canciones a un mero compás de "mano va a la boca con pipa, mano tira la cascara al suelo" -aunque algunos, los más mayores, ya se habían resignado a ello-. Mientras tanto, los Vovis hacían su agosto en el aparcamiento contiguo.

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