Beirut, salón de belleza

Unos días antes de que el rugido de las bombas despertara las mañanas de Beirut, la actriz y directora Nadine Labaki, mujer hermosa donde las haya, esencia destilada de esa famosa belleza femenina libanesa, finalizaba el rodaje de Caramel, amable comedia romántica a mayor gloria de esas mismas mujeres libanesas, sensibles, sufridoras y sensatas que sobreviven en un mundo dominado por las tradiciones y el irrenunciable ánimo belicoso del hombre con uniforme.

Un viejo y destartalado salón de belleza se erige aquí en microcosmos y metáfora de este cuento de tonos ocres protagonizado por un puñado de mujeres, jóvenes y no tanto, en busca de amor y cariño, tema, digamos, poco novedoso, que Labaki filma con ese plus de sensibilidad detallista tan caro a cierto cine dirigido por mujeres.

La cosa consiste en que palpemos sus anhelos, en que captemos esa sutil diferencia que hace de sus pequeñas vidas cotidianas entre laca, secadores y cera depilatoria un universo atractivo y seductor, a pesar de los pesares.

La mirada de Labaki, entrenada en el ámbito del videoclip, aspira a capturar ese ambiente de camaradería y deseo frustrado con un arsenal de tics de puesta en escena (la mujer en la ventana, la música como bálsamo, el primer plano como masajeý) que convierten a Caramel en un tocino de cielo con envoltorio de papel de oro.

Protagonizada por un puñado de hermosas señoras y señoritas metidas en sus complementarios papeles, Caramel busca trazar el retrato global de la mujer libanesa con un ojo puesto en cierta sensibilidad almodovariana y otro en la multiculturalidad del así llamado world cinema. El resultado, resultón, amable e inocente, se paladea con cierto regusto dulzón y con la certeza de que no hay nada demasiado grave ni importante en juego. No al menos antes de que sobre este oasis de normalidad estilizada estallen las bombas. Que salven siempre, por favor, a las mujeres primero.

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