Antonio Gavira, un romántico que crió un toro bravo con personalidad

  • El ganadero perdía la vida hace tres años cuando embarcaba en el campo. Un personaje irrepetible, gran conversador, un alquimista del toro y un hombre que dedicó toda su vida a amar la Fiesta

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Tres años hace que nos dejó Antonio Gavira. Han pasado tres años desde aquel fatídico 14 de febrero. El día de los enamorados Antonio Gavira fallecía haciendo lo que más feliz le hacía, criar al toro bravo. El drama sobrevino cuando dos vacas pasaron por la misma manga de embarque y la presión que ejercieron los animales sobre las paredes pudo con un muro que se derrumbó sobre el ganadero y le causó la muerte en el acto. Ese día se fue un caballero del campo misterioso de los toros. Gavira genio y ganadero romántico. Don Antonio vivió por y para el toro. Esa fue la pasión durante toda su vida, criar un toro propio, con personalidad y deseados por los toreros. Y lo consiguió. Pero le faltó disfrutarlo y saborear su obra en su máximo esplendor.

Atrás quedaron los momentos en los que tuvo que vender la ganadería en los ochenta y recuperarla de nuevo mas tarde. Fueron año duros, pero la suerte le cambió una noche cuando regresaba a su casa. Paró para comer un bocadillo en un bar y los cinco duros que sobraron se los echó a la maquinita y le tocó el premio gordo. Cinco mil de las antiguas pesetas. A partir de ahí llegó la buena suerte. Comenzó a vender corridas y a salir de la mala racha. De esta manera lo contaba Gavira en algunas de las tertulias que solía celebrar después de los tentaderos.

Aquel cambio de suerte trajo consigo que Gavira pudiera comprar 47 vacas de Salvador Domecq, vacas con el hierro de la V de Veragua y un toro de simiente de nombre Cantaor. A partir de ahí Gavira comenzó a plasmar su gran obra. Sacó toros sementales, siempre con la busqueda de un toro en el tipo, también en el trapío, y en el carácter. Un toro bonito, con una mirada viva. Y lo consiguió.

Ese camino que le llevó a un toro con una armonía de líneas hizo que volviera a las grandes ferias y que se hablara del toro de Gavira. Y demosttró que los cinqueños del Soto de Roma embisten y ponen a funcionar a mucho toreros. Si no que se lo pregunten a Morante de la Puebla cuando conquistó la Maestrazan una tarde de abril de 1998 cortando dos orejas a un toro noble de Gavira, que le descubrió a Sevilla que tenía un nuevo torero. Morante y Gavira se convirtieron en un binomio de explosión de toreo puro.

Una teoría la de los cinqueños que le funcionó a Antonio Gavira y que le sigue funcionando a sus hijos. Y las plazas grandes comenzaron a lidiar los cinqueños de Gavira . Le dan más juego. Y como demostró don Antonio con cinco años el toro fija más embestidas y engaña menos.

Genio y figura no sólo en la crianza del toro bravo. Fue un hombre adelantado a su tiempo. Todo un Leonardo Da Vinci de la ganadería brava. En su archivo de memoria destacaba la famosa y acertadad teoría de los transistores en los cercados. Con mucho arte y con la grasía que tenía explicaba una tarde el invento de los transistores en los cercados para que los toros no se pelearan. Los sonidos provocaban el desconcierto de los animales y dejaban de pelearse ante los ruidos de aquellos aparatos desconocidos para ellos. Pero la cosa no quedaba ahí, las emisoras que sintonizaba era marroquíes y en más de una ocasión se encontró a un grupo de magrebíes llegados en alguna patera, escuchando embobados emisoras de su país de origen rodeados de toro bravos. Muchoage. Y así hasta mil anécdotas que podíamos narrarles del siempre sorprendente Gavira, que ilustraba su plática con un gran sentido del humor.

Pero esos pasajes de tanto arte se marcharon con él la mañana del 14 de febrero del 2005. Se fue el ganadero romántico, el hombre campero, el alquimista del toro bravo, el observador de la vida desde el Soto de Roma, el hombre servicial, el catedrático del toro que impartía clases en cada conversación, el hombre que susurruba a los toros, el conocedor, entre muy pocos, de los secretos del toreo puro, una figura de leyenda, que trataba a todo el mundo igual con su peculiar desparpajo y su picaresca innata. Un personaje irrepetible que conoció la Fiesta como nadie.

Ahora sus hijos han seguido la estela de su padre y continúan, a pesar de cómo está el patio para los ganaderos, la gran obra de don Antonio. Para ellos no es fácil, pero con esfuerzo, paciencia y pasión están sacando las cosas para adelante.

Tres años sin Gavira, un ganadero idealista, un romántico que murió haciendo lo que más le gustaba: criar toros bravos.

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