Antología del disparate

El primer largo del cortometrajista (Hasta en las mejores familias) Antonio Hens resucita los peores fantasmas del cine español. Resulta difícil imaginar una cinta que acumule mayor cantidad de despropósitos, una película de tono y resultados tan desconcertantes que hace dudar en todo momento si estamos ante un drama sobre la inmigración, la homosexualidad y el terrorismo etarra (¡ahí lo llevan!) o ante una comedia paródica sobre esos mismos asuntos.

Me limito a resumirles el delirante argumento de Clandestinos: tres jóvenes delincuentes (un vasco, un mexicano y un marroquí) se fugan violentamente de un centro de menores. Sin demasiada prisa, en su huida hacia Madrid conocen a un par de chicas que, tras un simple cruce de miradas, les garantizan sexo, parada y fonda. El líder del trío, Xabi (Israel Rodríguez), activista de la kale borroka y aspirante a gudari etarra, emprende entonces la búsqueda de un viejo amante, también terrorista de ETA, para retomar, con orgullo, la actividad criminal; por el camino se cruza con un policía retirado (Galiardo) que se enamora perdidamente de él a pesar de (o precisamente por) que éste le haya pegado una paliza y le haya robado la pistola tras un encuentro sexual. Pistola en mano, el aspirante a gudari y su inseparable amigo morito (cito textualmente) se recorren las ferreterías y droguerías de Madrid para, sin disimulo alguno, comprar los materiales indispensables para fabricar una bomba casera, bomba que, tras sucesivos petardeos, acaba por estallar en la base del mástil de la bandera de España de la Plaza de Colón. Las amantes-compañeras de piso, listas ellas, se percatan del asunto y, consecuentemente, avisan a la Policía (Antonio Dechent), que hasta entonces parecía haber estado de vacaciones o en una teleserie. Mientras tanto, el amigo etarra de Xabi escapa de un control policial e intenta reunirse con él para quitárselo de en medio. Dos comandos en Madrid son multitud. En un inenarrable duelo final, el etarra y el aspirante se enfrentan en una pista de nieve artificial. Inopinadamente, Galiardo aparece en la escena para poner orden.

Sumen a este argumento las peores líneas de diálogo jamás escritas, los peores intérpretes y, repetimos, la voluntad de hacer un drama social y no una comedia, y tendrán como resultado una de las experiencias cinematográficas más surrealistas y sonrojantes que recuerda este cronista.

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