Allen canta por Carosone: 'Tu vuò fa l' italiano'

Comedia, EE UU- Italia-España, 112 min. Dirección y guión: Woody Allen. Fotografía: Darius Khondji. Intérpretes: Ellen Page, Jesse Eisenberg, Woody Allen, Penélope Cruz, Alec Baldwin, Roberto Benigni. Cines: Alameda, Al-Ándalus Bormujos, Avenida, Cinesa Plaza de Armas, Cinesur Nervión Plaza, CineZona, Los Alcores, Metromar.

Historias cruzadas en una Roma impúdica y voluntariamente de postal (eso sí: muy bien fotografiada y además auténtica, porque el viejo e inmenso corazón de la ciudad es así de hermoso en su día a día) que se complace en homenajear con ligereza algunas grandes películas ambientadas en esta ciudad. Una de ellas, naturalmente, se inspira en el Fellini de El Jeque Blanco, su primera obra: una pareja de recién casados provincianos (Alessandro Tiberi y Alessandra Mastronardi) llega a Roma -vía Termini, claro, para que la cosa tenga más sabor felliniano- para pasar su luna de miel y conocer a los severos parientes de él. El resultado será desastroso. Escribo naturalmente porque Allen ha homenajeado a Fellini -junto a Bergman uno de sus referentes europeos- en muchas ocasiones.

Otra historia juega con el tópico de la joven turista americana seducida por un romano. La pareja va en serio y los padres de ella (Woody Allen y Judy Davis) viajan a Roma para conocer al novio y a su familia. Otra se apunta al motivo del maduro famoso, en este caso un arquitecto (Alec Baldwin), cuya vida da un giro imprevisto en Roma haciéndole adoptar un papel parecido al del fantasma de Humphrey Bogart en Sueños de un seductor: el consejero de un joven (Jesse Eisenberg) atrapado en un conflicto sentimental entre su mujer (Greta Gerwig) y una atractiva aunque pedante y desequilibrada amiga (Ellen Page). La cuarta historia está interpretada por un romano anónimo (Roberto Benigni) que una mañana se despierta convertido en un personaje famoso, como Joseph K. se despertó convertido en un insecto, y es arrojado al circo de paparazzi y televisiones que Fellini -otra vez Federico el grande- bautizó y fustigó desde La dolce vita a Ginger y Fred.

De las cuatro historias la que sigue con mayor fidelidad a su original es la inspirada en El Jeque Blanco. En ella se incluye, cómo no, a un seductor actor de tres al cuarto (desgraciadamente situado a distancia sideral del Jeque interpretado por Sordi) y a una prostituta de buen corazón (Penélope Cruz) que podría ser la fusión entre la inocente Cabiria que interpretó la Masina, con la que el desafortunado esposo de la película felliniana se encontraba en su errático vagar por Roma buscando a su mujer, y la explosiva Zoe que interpretó la Loren en el episodio La rifa de Boccaccio 70. Allen logra hacer un emocionado, divertido y convincente homenaje a Fellini. Las otras historias utilizan sus puntos de partida voluntariamente tópicos para adentrarse por los vericuetos de la pura comedia alleniana a la que él regresa también como intérprete del mismo tipo impertinente, hipocondríaco e inseguro de siempre. Y en plena forma: su presencia es uno de los puntos fuertes de la película al enfrentar a su personaje, un empresario poco escrupuloso y obsesionado con la muerte, a un comunista y unos empresarios de pompas fúnebres.

Una tupida, ligera y divertida red se va tejiendo en la relación entre estos personajes principales y la muy buena galería de secundarios locales: la estirada familia romana del recién casado, la funeraria familia del novio de la turista americana, el cantante de ópera aficionado que sólo puede cantar bajo la ducha y que Allen -productor de vanguardia jubilado y sin escrúpulos que hizo un Rigoletto con los cantantes vestidos de ratones y una Tosca en la que todos estaban encerrados en una cabina telefónica- se empeña en explotar como profesional, la joven pareja romana y su invitada con los que intima el maduro arquitecto convertido en fantasma protector… Una galería espléndida para la que este Allen menor ha escrito ingeniosos diálogos en un buen guión que dirige con despreocupada soltura, salvo en su último tramo, un poco moroso.

No es una de sus grandes -Annie Hall (1977), Manhattan (1979), Hannah y sus hermanas (1986), Delitos y faltas (1989), Maridos y mujeres (1992), Scoop (2006)- ni de sus pequeñas -Zelig (1983), Broadway Danny Rose (1984), La rosa púrpura de El Cairo (1986), Todos dicen te quiero (1996), Si la cosa funciona (2009)- obras maestras. Ni tan siquiera una de sus pequeños sainetes llenos de gracia -Días de radio (1987), Poderosa Afrodita (1995), Un final made in Hollywood (2002), Medianoche en París (2010)-, que de todo debe haber en la obra de un hombre empeñado en rodar una película por año contra viento, críticos, público y marea. Pero es una película encantadora, tan carente de complejos como de pretensiones. En su próxima obra vuelve a Manhattan. Hace bien. Así nadie le podrá cantar, invirtiendo su sentido, la canción de Carosone: "Tu vuò fa l' americano, ma sei nato in Italy!" ("¡Tú te quieres hacer el americano, pero has nacido en Italia!").

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