Adiós a Rafael León, un sabio y un amigo

Hacía unos años que había vuelto de Madrid a Sevilla. En Madrid trabajé más de un decenio como redactor en La Estafeta Literaria y de corrector de estilos en Televisión Española. Llegaban a mi mesa de redacción casi todas las revistas literarias hispanoamericanas… De modo que, cuando volví a mi Sevilla a vivir, creía estar medianamente informado de lo que se escribía en mi tierra, Andalucía. No tardé en darme cuenta de que me encontraba equivocado. Que quienes con más originalidad e intensidad laboraban poéticamente en su tierra no tenían eco en la Corte, en parte porque no se habían preocupado de tenerlo, en parte porque en la Corte no se quería competencia… En la transición leí en Sevilla a un poeta que antes no conocía, Pablo García Baena y me di cuenta de que me encontraba ante un poeta de la talla de un Borges o un Cernuda. Quedé boquiabierto ante su densidad, hondura y perfección técnica. Hice lo posible por conocerle.

Vivía en Málaga y era muy amigo del matrimonio compuesto por Rafael León y María Victoria Atencia y de Bernabé Fernández Canivell, a quien Aleixandre denominara "impresor del paraíso". María Victoria escribía como los ángeles. Y el doctor León, su marido, lo sabía todo. Fue consejero secreto en asuntos poéticos de Pablo y María Victoria. Poco antes de su muerte el poeta malagueño Rafael Inglada recogió en un volumen, Voz propia, su trabajo poético. Hay mucha poesía de época, unos cuantos poemas exraordinariamente inteligentes y buenos, y algunas traducciones magistrales de clásicos latinos. A mí me enseñó hasta acentuar los endecasílabos. Fabricaba papel. Fue catedrático de Latín del seminario. Tradujo -junto con Alfonso Canales- la Lex Flavia Malacitana. Propuso la creación de la Universidad de Málaga cuando fue concejal de Cultura. Editó primorosamente, en ediciones no venales de tirada casi simbólica inéditos de Guillén, los primeros poemas que de Kavafis se tradujeran en España y tantos otros poetas de nulo o difícil acceso (era todavía la España de la posguerra y la tecnocrática de los lópeces) Fue poeta y muy bueno (ahí está su Cántico espiritual, en edición limitada, o su Homenaje a Dioscórides, publicado por Ínsula). Pero fue dejando de publicar poesía a medida que María Victoria se afianzaba en el escenario poético. Yo estaba -aún no conocía bien a María Victoria- un día en Sevilla leyendo su recién publicado poemario Marta y María y sentí la imperiosa necesidad de hablar con ella, con una autora de personalidad tan destacada y tan peculiar tersura y dramatismo. La telefoneé, quedé, cogí un taxi y me fui de Sevilla a Málaga donde estuve una tarde entera hablando con ella. Rafael era el ángel sabio y tutelar que hacía que los sueños se volvieran realidades. Además de su indispensable colaboración en la revista malagueña de poesía Caracola, de posguerra, fueron muchos los poetas, algunos en el exilio, otros jovencitos como yo, que pudieron publicar sus poemas gracias a su ayuda.En su casa conocí a José Antonio Mesa Toré, Álvaro García, Rafael Inglada, Salvador López Becerra, y tantos otros jóvenes poetas que mi memoria ahora no conserva. Como cronista oficial de la Villa, sabía de Málaga como nadie, y yo la conocí de su mano. Me llevó en excursión a la Málaga romana (Acenipo), a Ronda, a Setenil, al Arco de los Gigantes de Antequera (arco en el que años más tarde sería grabado un poema de María Victoria). Era una caja de sospresas.

Nos hicimos muy amigos. Hasta el punto de que varios veranos me alojaba invitado en el Málaga Palacio -Rafael era el director- y nos veíamos casi todas las tardes en algún sitio o en la espléndida terraza de los León, que da al mar a la altura de la Farola, Rafael, María Victoria, Pablo, Bernabé y yo. Cuánto aprendí allí. No sólo había amistad en aquellas tertulias sino cariño. Mis hijas, pequeñas entonces, veranearon unos años en casa de los León, e idolatraban a éstos y a sus hijos, un poco mayores que los míos. Cuando me enteré que Rafael murió horas después de que a María Victoria la habían hecho doctora honoris causa por la Universidad de Málaga fue semanas después de que ocurriera el fallecimiento. Quizá los amigos no me dijeron nada por la enfermedad que yo mismo soporto. Me lo dijo María Victoria, semanas después. Me llamó para preguntarme por mi salud y, al preguntarle yo por la de Rafael, me dijo que ya no estaba con nosotros. Que había ido a un sitio mejor. Y aquí se nos quebró a los dos la voz. Hacía tiempo que yo no lloraba. Con él para mí se ha ido una de las épocas más felices y fructíferas de mi vida.

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