Adiós a Javier Krahe, el cuervo de ironía ácrata y melancólica

  • El coautor de 'La Mandrágora' y de temas como 'Cuervo ingenuo' o 'La hoguera' fallece a los 71 años en Zahara a causa de un infarto

El cantautor Javier Krahe, exponente junto a Luis Eduardo Aute o Joaquín Sabina de la conocida como canción urbana de la Transición, a la que él aportó un distintivo y ácrata gusto por la ironía, falleció en la madrugada del sábado al domingo en la población gaditana de Zahara de los Atunes a causa de un infarto. Krahe tenía 71 años -nació en la capital española en marzo de 1944- y, aunque vivió su época de mayor apogeo en los 80, disfrutó siempre del reconocimiento de unos seguidores que escuchaban sus críticas y socarronas canciones prácticamente como un modesto culto. Reinó, sobre todo, en pequeñas y medianas salas, ante públicos fidelísimos, en el terreno cercano donde mejor se desenvolvía este amante de la poesía española del Siglo de Oro y de la Generación del 27 y de la música del francés George Brassens.

Krahe inició estudios de Ciencias Económicas en la Universidad Complutense de Madrid, pero los abandonó para irse a vivir a Canadá por asuntos del corazón. Allí empezó su carrera como letrista al tiempo que desempeñaba distintos trabajos. A su regreso a España, en 1972, empezó a componer canciones para otros, como el citado Pérez o Chicho Sánchez Ferlosio. Fue este último quien le convenció para que se lanzase a interpretar él mismo sus composiciones. Y no tardó en convertirse, como lo definió ayer su amigo El Gran Wyoming, en el tipo más serio con más sentido del humor entre los adustos cantautores españoles de la época. El primero de los 14 discos que publicó vio la luz, bajo el título Valle de lágrimas, en 1980. Y un año más tarde, en 1981, llegaría La Mandrágora, probablemente su trabajo más recordado, que grabó al alimón con Joaquín Sabina y Alberto Pérez, después de que el presentador de televisión Fernando García Tola le descubriera en el pub madrileño que acabaría dando título al álbum cantando con sus dos compañeros.

Después de aquel fenomenal éxito, que aún hoy se recuerda con un fuerte componente de sentimiento generacional, el trío continuó sus carreras en solitario. Javier Krahe, que era el más ácido de los tres, grabó en 1983 Aparejo de fortuna, al que siguieron Corral de cuernos (1985) y Haz lo que quieras (1987). Siempre comprometido social y políticamente, en 1986, en plena campaña del referéndum sobre la permanencia de España en la OTAN, levantó una fuerte polémica con su canción Cuervo ingenuo, claramente antimilitarista, y con la que llegó a dejar en evidencia al Gobierno de Felipe González, que censuró parte de su actuación -la que incluía esta canción, entre las más emblemáticas de las más de 150 que llegaría a firmar- en un concierto con Sabina, según contó el artista en alguna ocasión.

"Tú decir que si te votan, tú sacarnos de la OTAN, tú convencer mucha gente. Tú ganar elección, ahora tú mandar nación, ahora tú ser presidente. Y hoy decir que esa alianza ser de toda confianza", cantaba Krahe en ese tema para expresar su desencanto con los socialistas entonces en el poder. Quizá por ello, algo después, en 1989 concurrió como quinto candidato al Congreso de los Diputados dentro de la lista Grupos Radicales por Madrid Antiprohibicionistas sobre Droga. En noviembre de ese año intervino en San Sebastián en un concierto dedicado al cantautor vasco Imanol, que había sido amenazado por ETA. Por la Guerra del Golfo, en 1991, o por la causa del Frente Polisario en el Sáhara fueron otros de los motivos por los que se movilizó este irreverente sin remedio. Nadie se libraba de la acidez de su ingenio, ni siquiera -y esto ocurría con bastante frecuencia - él mismo.

Sus letras dejaron también constancia de su ateísmo, que le puso contra las cuerdas de un modo insólito hace un par de años, cuando fue juzgado por un supuesto delito contra los sentimientos religiosos por la emisión en Canal Plues en 2004 de un vídeo grabado por Krahe a finales de los 70 en el que explicaba humorísticamente "cómo cocinar un Cristo para dos personas". "Con el humor no ataco a nadie, es una defensa ante la hostilidad", dijo Krahe al estallar la polémica; "No me han entendido", insistió justo antes de la última vista por aquel proceso judicial del que salió absuelto.

En canciones como No todo va a ser follar, detrás de la provocación, escondía un tierno canto a las pequeñas cosas, y en La hoguera, otro de sus himnos, se divertía enumerando los modos más crueles e inverosímiles de morir. Su risa, en general, venía siempre un poco teñida de amargura o de melancolía, y por costumbre sonaba mejor de noche, el momento del día preferido por este artista querido y admirado por compañeros como Joan Manuel Serrat, Miguel Ríos, Pablo Carbonell, Albert Pla, Luis Eduardo Aute, Javier Ruibal o por supuesto Sabina; a quienes les gustaba referirse a su amigo como "una conciencia tranquila que se ríe".

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