Actuar en tiempos difíciles

Para evitar el reproche de ser un nostálgico, les propongo repasar la filmografía de Dustin Hoffmann. Ni el más acérrimo seguidor del entusiasta sociólogo Gilles Lipovetsky, para el que lo nuevo y lo último (lo que llama la "hipermodernidad") es al mismo tiempo algo terrible y estupendo, podría negar, repasando la filmografía de Hoffmann, la realidad de esta curva descendente que, aún dando hoy signos de recuperación, evidencia la caída del cine comercial americano. Mike Nichols lo convirtió en una estrella anti-estrella (ya saben: era 1967) con El graduado; y durante los siguientes 20 años fue dirigido, entre otros, por Arthur Penn, Sam Peckimpah, Pietro Germi, Bob Fosse, Alan J. Pakula, John Schlesinger, Robert Benton o Sidney Pollack. Su primera película realmente horrorosa fue Ishtar de Elaine May, en 1987, y su último éxito actorial fue Rain Man de Barry Levinson, un año después. Desde 1988 hasta hoy sólo ha interpretado papeles (casi siempre secundarios) que estén a la altura de su talento, aunque se trate en algunos casos de películas fallidas, en cuatro o cinco ocasiones: Hook de Steven Spielberg, American Buffalo de Corrente/Mamet, Mad City de Costa-Gavras o Buscando Nunca Jamás de Foster. Si ponen en un plato de la balanza sus películas del ventenio 1967-1987 y en otra las del 1988-2009 tendrán una idea de lo que el cine comercial ofrece hoy al talento.

Lo mismo podría decirse de esa grandísima actriz teatral que es Emma Thompson, pese a la diferencia de edad y por lo tanto de fechas y circunstancias de nacimiento al estrellato que los separa. A la Thompson todos la conocimos hace dos décadas a través del Enrique V de su entonces marido Kenneth Brannagh y la seguimos con admiración creciente -además de en sus otras colaboraciones con Brannagh- a través de Howards End y Lo que queda del día de Ivory, Sentido y sensibilidad de Lee o Primary Colors de Nichols. Todo para encontrárnosla en estos últimos años haciendo papeles secundarios en superproducciones planas o interpretando comedietas insulso-televisivas y revisitaciones fallidas de grandes títulos. Así están las cosas. Y así se explica que dos actores tan grandes se vean metidos en una película tan chiquita como esta.

Como para los jóvenes que desde hace tiempo dominan la industria tanto por el lado de la oferta como por el de la demanda todo lo que rebase como mucho los cincuenta años es cosa de papeles secundarios o historias otoñales, he aquí a Hoffmann y a la Thompson interpretando a dos maduros que intentan coger el que tal vez sea su último tren sentimental. Hoffmann tiene 62 años, pero siempre ha parecido más joven (cuando interpretó al graduado seducido por la señora Robinson tenía ya 30 años, aunque aparentaba veintipocos); La Thompson tiene sólo 50 años, pero siempre ha parecido mayor (cuando interpretó la severa ama de llaves de Lo que queda del día tenía sólo 34 años, aunque parecía una solterona cuarentona). La biología, el maquillaje y esa tendencia a considerar a todo que el pase de los 50 confinado en el gueto otoñal los empareja con naturalidad, pese a su gran diferencia de edad. La película puede verse gracias a ellos, grandísimos actores siempre; y pese a Joel Hopkins, un casi debutante realizador de discreto talento que, no obstante, se atreve a escribir y dirigir una película interpretada por dos gigantes. ¿Por qué aceptan estos Gulliver que los dirija un liliputiense? Porque saben que no es fácil que les ofrezcan papeles protagonistas: una década, en el caso de la Thompson, y seis años, en el de Hoffmann, han pasado desde sus últimas interpretaciones en cabecera de cartel.

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