Diez años tras el 11-S: ¿persiste la amenaza?

  • Los estadounidenses salieron a la calle para celebrar la muerte de Ben Laden, una muestra de que el país aún no ha superado el trauma de los atentados.

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El horror pudieron seguirlo en vivo  millones de personas en todo el mundo, pero las imágenes ante sus ojos eran tan aterradoras e inconcebibles que la mayoría de  espectadores no entendió al comienzo lo que estaba pasando. Incluso los más estrechos colaboradores de seguridad del  presidente de Estados Unidos necesitaron un tiempo para darse cuenta de lo que ocurría en esos momentos. Las palabras que susurraron luego al oído a George W. Bush dieron también la vuelta al mundo: "America is under attack!". Era el 11 de septiembre de 2001 y con el ataque  contra Estados Unidos empezaba políticamente el siglo XXI.  

El día en que terroristas islámicos estrellaron aviones de pasajeros contra las Torres Gemelas de Nueva York marcó el inicio de  una nueva era política. Estados Unidos era golpeado por primera vez  en su historia en su propio territorio. Y el extremismo islámico se convertía por primera vez en una amenaza global. Todo la comunidad de  Estados occidentales se sintió amenazada. "Ningún otro acontecimiento desde el comienzo de la Guerra Fría cambió tanto la política estadounidense como el 11 de septiembre", considera diez años más tarde el analista independiente Jacob Heilbrunn.  

Ya sea para Bush o para su sucesor, Barack Obama, la lucha contra el terrorismo es hasta ahora el hilo conductor de la política al que está supeditado todo lo demás, considera el experto estadounidense. La respuesta a los atentados llegó pronto. Los escombros del World  Trade Center todavía humeaban cuando Bush declaró la guerra al  terrorismo: "Guiaremos al mundo hacia la victoria", aseguró. Y desde el comienzo dejó claro que para él no se trataba sólo de un desafío militar.  

Los extremistas "odian nuestras libertades, nuestra libertad de  religión, nuestra libertad de expresión", dijo. Bush entendía los atentados en Washington y Nueva York como un ataque contra el American way of life. Menos de un año después, las fuerzas estadounidense atacaron Afganistán y, en 2003, también Iraq. Una década más tarde, el líder de los islamistas, Osama Ben Laden,  murió bajo el fuego de comandos de élite norteamericanos. La red Al Qaeda, que no ha conseguido ningún gran golpe en los últimos años, está debilitada, y los movimientos populares de la llamada primavera árabe exigen desde hace meses democracia y libertades en lugar de un  Estado religioso o la ley islámica. ¿La victoria de Occidente sobre  el terrorismo islámico?  

En todo el globo hubo reacciones a favor de Estados Unidos tras el 11-S. Y la OTAN activó por primera vez en su historia sus mecanismos  de defensa por el "acto de guerra" contra uno de sus miembros, que obligaba a los demás a brindarle su apoyo. Una ola de solidaridad con  Estados Unidos recorrió el mundo. Varios Estados se alinearon con Washington tras el comienzo de los ataques contra posiciones de Al Qaeda y contra el régimen talibán en octubre de 2001. Pero mientras la misión en Afganistán fue vista con comprensión, la invasión a Irak en marzo de 2003 fomentó el rechazo a Estados Unidos, sobre todo en Europa occidental.  

Bush no estaba sin embargo dispuesto a ceder. "Toda nación tiene que decidirse: o están de nuestra parte o de parte de los terroristas", señaló entonces. Era otro de los cambios del modo de hacer política. Visibles son hasta ahora los "daños colaterales". Torturas,  secuestros, cárceles secretas: la administración Bush no conoció  vacilaciones en la "guerra contra el terrorismo". Agentes de la CIA,  por ejemplo, secuestraron a presuntos terroristas en plena calle en Milán y los trasladaron a cárceles secretas en Egipto. Ahí se les aplicaron "métodos de interrogatorio rudos", según el eufemismo del gobierno de Bush.  

Un símbolo de la degradación política es hasta hoy el campo de prisioneros estadounidense de Guantánamo, en Cuba, que Obama quería  errar originalmente pronto. "Un estado de excepción permanente", es el nombre que le da el activista de los derechos civiles Ben Wizner. Después del 11-S se multiplicaron en realidad los ataques. En Bali murieron en octubre de 2003 202 personas tras la explosión de bombas en dos discotecas. Un año después detonaron explosivos en Estambul, con un saldo de 61 muertos. En marzo de 2004 estallaron bombas en los trenes de cercanías de Madrid: 191 muertos. Otro año más tarde los  atentados suicidas en el metro de Londres dejaron 56 muertos.  

Ya no se trataba sólo de Al Qaida, sino de pequeños grupos aislados, que a menudo tenían sólo vínculos difusos con la red  terrorista. "Pero hemos hecho frente a ellos de manera correcta", considera John Pike, experto de seguridad en Washington. "Acabamos con Ben Laden, en Estados Unidos no ha habido desde el 11 de septiembre de  2001 grandes atentados", enumera. También en otras partes del mundo hay menos ataques desde hace años.  

Estados Unidos celebró con júbilo a comienzos de mayo la muerte de Ben Laden en Pakistán a manos de un comando de élite norteamericano. La gente salió a las calles en Nueva York y Washington, una muestra de que el trauma de los atentados del 11-S sigue siendo grande en el país. El escepticismo de que el peligro ha pasado para siempre parece sin embargo adecuado. "Mientras la amenaza del terrorismo no desaparecerá posiblemente nunca, Estados Unidos puede al menos salir  victorioso de la confrontación con su enemigo más peligroso", juzga  Heilbrunn.

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