Franz Liszt, un visionario del piano

  • Un miniciclo de conciertos en la Sala Manuel García del Teatro Maestranza recordará el segundo centenario de su nacimiento.

Aunque el Teatro de la Maestranza le dedicará un miniciclo de dos conciertos en la Sala Manuel García (23 de noviembre y 21 de diciembre próximos), el segundo centenario del nacimiento de Franz Liszt, que se cumple el 22 de octubre, está pasando casi completamente desapercibido entre nosotros. Podría pensarse que Liszt es un compositor lo suficientemente programado ya como para necesitar de que las siempre oportunistas efemérides lo den a conocer al gran público. Pero esto es una verdad a medias: por supuesto que la Sonata en si menor es casi un hit-parade de los auditorios españoles, y que los Estudios de ejecución trascendental (que tocará Miguel Ituarte ese 23 de noviembre en el Maestranza), los Años de peregrinaje y algunas otras de sus obras pianísticas más destacadas (incluyendo sus dos conciertos) aparecen con cierta frecuencia en los ciclos más variopintos, pero el resto de su música (incluidas las canciones, que cantará Cecilia Lavilla el 21 de diciembre) se hace poco y la trascendencia histórica del compositor ha quedado en buena medida sepultada por el mito que envuelve su figura, especie de Orfeo romántico, de hechicero que atrapaba a las masas con su magia hipnótica.

Hay suficientes razones para que esta imagen del músico haya triunfado en nuestro tiempo, pues él mismo la cultivó con entusiasmo durante su brillantísima carrera de concertista. Nacido en una población húngara de habla alemana, Liszt fue un niño prodigio, que a los nueve años ya daba conciertos y a los doce se estableció en París. Aunque viajaba constantemente, hizo de la capital francesa su centro de actividades: allí inició una escandalosa relación con la condesa Marie d'Agoult, que abandonó a su marido para huir con él a Suiza. Tuvieron tres hijos, uno de los cuales fue Cósima, segunda esposa de Wagner. También en París Liszt inventó en 1839 el recital solista tal y como lo conocemos hoy, acabando con la fórmula habitual de la actuación sucesiva de diversos solistas. "El concierto soy yo", dejó escrito en carta a una aristócrata amiga.

Convirtió sus recitales en grandes e irresistibles espectáculos. Heine hablaba de "magnetismo, electricidad, epilepsia histriónica, cosquilleo…". El efecto estaba perfectamente calculado: entraba en escena con paso firme, cargado de adornos y con su melena ondulada sobre los hombros, se giraba y pasaba la vista por el público, luego se deshacía morosamente de los guantes, que arrojaba al suelo con displicencia, lo que, se decía, provocaba desmayos y disputas entre las damas. En el teclado se transfiguraba. Su virtuosismo no conocía límites. Dominaba un repertorio amplísimo, pero basaba sus recitales en su propia obra, en gran medida hecha de transcripciones y paráfrasis de conocidas óperas y sinfonías de su tiempo.

Esta pose exhibicionista no debe esconder la profundidad de sus ideas musicales, que provenían de influencias muy diversas: de Berlioz aprendió a pensar la música para piano como si fuera realmente escrita para orquesta; de Paganini, el virtuosismo más extremo; de Chopin, la sutileza armónica, la poesía sonora. En 1847 decidió abandonar su carrera de pianista profesional. Fue un tiempo director de la corte de Weimar, donde vivió otro escandaloso affaire con una princesa rusa. Como director de orquesta rompió con multitud de tabúes, tomándose grandes libertades con el tempo e influyendo decisivamente en Wagner.

Fue un hombre generoso, que alentó a multitud de compositores jóvenes, incluido Brahms, quien acabaría liderando el partido de los clásicos, radicalmente opuesto a la autoproclamada "música del futuro" que comandaban Liszt y Wagner. Frente a la claridad formal de aquellos, estos oponían el furor y los excesos románticos, proponiendo una música que nacía no de la forma pura, sino de asociaciones extramusicales, habitualmente literarias. Y Liszt llegó más lejos que nadie, hasta crear el "poema sinfónico". Fue un experimentador nato, que empleó con audacia principios cíclicos y de transformación temática. En sus últimas obras adoptó soluciones armónicas revolucionarias: unas pueden considerarse puente crucial entre Chopin y los impresionistas; otras son decididamente expresionistas, en algunos casos incluso atonales (Nubes grises, Bagatela sin tonalidad).

Con preocupaciones religiosas desde joven, en 1865 recibió órdenes menores. Se convirtió entonces en un Mefistófeles con sotana, sin que su donjuanesco poder de seducción decayera lo más mínimo. Conservó hasta el final su aura de archirromántico de la primera generación pero sobrevivió a todos sus compañeros, incluido Wagner. Fue justamente en Bayreuth, tras asistir a uno de los festivales de su augusto yerno, donde murió, poco antes de cumplir los 75 años, Franz Liszt, a la vez virtuoso, progresista y visionario, músico cuya estela de genio aún nos alcanza.

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