Una fiesta auténtica

  • El centro de la ciudad vive una espléndida celebración del Domingo Rociero

La Línea no se entiende sin tres cosas: la Inmaculada, la Balona y el Domingo Rociero. El que crea que es una exageración sólo tiene que pasar una de estas jornadas en el centro de la ciudad, en el que confluyen la generosidad y cercanía de los linenses con el asombro de los que lo viven por primera vez.

El Domingo Rociero tiene denominación de origen y comienza bien temprano, a las 9:00, cuando los tamborileros de la Hermandad del Rocío tocan la diana rociera por las calles de la ciudad para llamar a acudir a la misa rociera que se celebra a las 10:00 a las puertas del santuario de la Inmaculada. Como todos los años la plaza de la Iglesia se llenó de fieles para participar en un acto marcado por el gran coro de la hermandad. Como no, participaron en este acto las integrantes de la corte juvenil, que en tres días llevan acumulados bastantes kilómetros en el cuerpo. Y lo que todavía queda.

La misa congrega a cientos de fieles a las puertas de la iglesia de la Inmaculdada

La celebración de la misa rociera dio paso a las primeras reuniones de amigos y familiares en las calles del centro de la ciudad. Como siempre el entorno de la plaza de la Iglesia, las calles Sol, Real, Duque de Tetuán, Méndez Núñez o Carboneros, además de la plaza Fariñas, acogieron un ambiente más familiar y se fue acabando el sitio para disfrutar de la tarde según avanzaba el mediodía.

El sol apretó ayer pero en la sombra no se estaba nada mal. Por eso todo el mundo iba buscando el amparo de algún toldo. Muchos optaron por instalarlo ellos mismos, como algunos establecimientos, que los pusieron para dar a la clientela el mejor trato. Como siempre los hubo que trasladaron la cocina y el salón comedor a la calle. Neveras, mesas, sillas... e incluso patas de jamón. Todo lo necesario para superar al Domingo Rociero del año pasado.

El Domingo Rociero tiene otros frentes. En la plaza Cruz Herrera se dan cita los más jóvenes, que desde hace años han instaurado la curiosa tradición de arrojarse vino tinto, al estilo de las fiestas de San Fermín. Por eso los que suelen ir más arregladitos evitan transitar por las calles más cercanas a esta plaza.

Cuando la tarde iba llegando muchos pusieron rumbo al recinto ferial. Allí también comenzó a vivirse el día más destacado por antonomasia de la Velada y Fiestas desde el mediodía. Un buen aliado es el aire acondicionado de las casetas, aunque los linenses siguen teniendo mucha más querencia a pasar este tan señalado día en el centro de la ciudad. Es una tradición que no pierde su arraigo.

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