Lección de ética laboral de Nadal

  • El tenista da un recital de juego y gana por 6-3, 6-0 y 6-1 en un partido sin concesiones ante el francés.

Nadie podrá culpar al bueno de Richard Gasquet de sufrir unos irreprimibles deseos de llorar cada vez que vea una imagen de Rafa Nadal, ese adversario al que nunca gana. Lo de vencer al astro español es, a día de hoy, privilegio de sólo unos pocos, entre los que obviamente no se encuentra el galo. En nueve confrontaciones anteriores siempre había terminado inclinando la cabeza. Ayer, a la décima, tampoco pudo cambiar el desenlace. Ni siquiera estuvo cerca de hacerlo, que era, visto lo visto, lo máximo a lo que podía aspirar la sorprendente elección de Guy Forget para abrir la serie semifinal frente al coloso mallorquín.

Nadal estaba cansado, sí, pero le funcionó a la perfección ese otro músculo que no figura en los manuales de anatomía sino en los de psicología o en los de ética laboral. Salió convencido del trabajo que tenía que hacer y lo cumplió como un auténtico profesional, con eficiencia y brillantez en ocasiones. También hay que apuntar que le ofrecieron ventajas. Todas las del mundo. Nadal, claro, no desaprovechó la oportunidad. Destrozó a Gasquet, puso el marcador en 1-0 para España, lanzó sus muñequeras a un graderío admirado y se marchó con esa sensación de paz que produce el deber cumplido. Dejó marcado el camino para que su vuelta al Coso de los Califas para las últimas citas individuales no sea decisiva. Y si lo es, pues no pasa nada. Rafa no se va a esconder.

Lo de ayer fue una labor de demolición en dos horas y siete minutos. Gasquet contribuyó de manera determinante a su propia destrucción con un desempeño impropio. Su fogosidad se desvaneció pronto y quedó en manos de Rafa Nadal, que ni siquiera necesitó exprimirse demasiado para despachar al francés con un marcador final rotundo: 6-3, 6-0 y 6-1. Después, cada cual a lo suyo: Nadal a descansar y Gasquet también, no sin antes ofrecer en la sala de prensa un discurso muy parecido a una disculpa. Su rendición incondicional fue más que llamativa. Si perdió lo que por estos lares se conoce como vergüenza torera fue a hacerlo en el peor momento y en el lugar más inapropiado. 

Bajo un calor asfixiante, Nadal salió a resolver con convicción y Gasquet la perdió pronto, si es que alguna vez la tuvo. El español, que ha ganado todos sus partidos individuales en la Copa Davis desde 2004 -le derrotó entonces el checo Jiri Novak-, engarzó su triunfo número 17 y el decimotercero sobre arcilla, superficie en la que está invicto. Hasta que le tomó definitivamente el pulso al partido -o entendió que quien tenía enfrente era un amigo, en todas sus acepciones-, Nadal pasó unos minutos algo farragosos. Se colocó por delante ganando los dos primeros juegos, pero el francés, estimulado quizá por el animoso grupo de compatriotas que le animaban desde el graderío, apretó el tanteo hasta llevarlo a un 4-3.

La cercanía en los números no era, ni por asomo, un síntoma de equilibrio en el juego. Pero ahí estaba y, de algún modo, proporcionaba cierta esperanza a Gasquet para exigir un esfuerzo superior a Nadal. Pero todo acabó de inmediato. Ante el delirio del público, que le jaleó con cánticos clásicos del lugar -el "torero, torero..." resonó en más de una ocasión-, el español se entretuvo en hacerle encajar al galo once juegos consecutivos, desde ese 4-3 del primer set hasta el 3-1 del tercero, en el que Gasquet logró salvar su servicio. Fue el único momento en el que se detectó cierto orgullo en el número 15 del mundo. El último. En esos instantes parecía haber entrado mentalmente en el partido el francés, que con una serie de furiosos derechazos provocó el entusiasmo de los fans bleus, que jalearon a su ídolo hasta cuando se iba enloquecido a la red arriesgándose a perder todo lo ganado en una dejada fallida. Con un misil en saque directo puso el 4-3. ¿Una reacción? Quien pudiera pensarlo encontró pronto razones para abandonar esa idea. La grada lanzó sus primeras andanadas de ánimo y puso la banda sonora a una película de desastres. Para Gasquet, por supuesto. Nadal lo aplastó de modo inmisericorde sin ceder ni un solo punto de ruptura y con un total de 30 golpes ganadores. Gasquet lo encajó todo con una gran dosis de candidez y un punto de desgana.  Preocupante actitud. 

A Gasquet no le quedó ningún argumento con que combatir a Nadal, quien no bajó ni un momento el ritmo ante la monumental pájara del francés, que sacó de quicio a su entrenador, Forget, que pasó de la bronca al abatimiento en la banda. Si devolvía pelotas desde el fondo, mal; si intentaba subidas a la red, algo más propio de su estilo, peor. El 6-0 del segundo set, con una coreografía previsible del francés y una indisimulada prisa de Nadal por cerrar la cuestión cuanto antes, dio al pleito un aire de fiesta inusitado. El español le mandaba bolas al fondo, con persistencia, moviéndolo de esquina a esquina. Gasquet corría cada vez con menos ganas, consciente de que todo había terminado para él. El público se dedicó a hacer la ola y a entregarse al festejo sin ese pellizco de angustia de las situaciones dramáticas. Ayer no hubo de eso. Si acaso, algo de comedia. Y no la puso el español.

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