La figura del maldito

  • Élisabeth Roudinesco reflexiona en su nuevo ensayo sobre la cuestión judía y la evolución del antisemitismo

A vueltas con la cuestión judía. Élisabeth Roudinesco. Anagrama. Barcelona, 2011. 316 páginas. 19,50 euros.

Probablemente, este libro debiera leerse en compañía de otros dos: El mito de la conspiración judía mundial, de Norman Cohn, y La tradición oculta de Hannah Arendt. De este modo, cuanto se dice aquí sobre la cuestión judía: sobre su historia, sobre su evolución, sobre el antisemitismo, trufado de antisionismo, que aún hoy circula entre nosotros, se vería iluminado por una información más amplia y unos análisis que, necesariamente, sólo se enuncian en el ensayo de Roudinesco. Es el caso de la Ilustración como origen del antisemitismo moderno, tratado en profundidad por Arendt, o el debate entre los judíos de la diáspora y los partidarios del Estado de Israel, una vez consumado el oprobio de Auschwitz. Sea como fuere, en A vueltas con la cuestión judía lo que se postula no es, en ningún caso, un vasto memorial de agravios, sino un intento de comprender la secular persecución de los judíos y el origen de sus heterogéneas raíces, más el difícil problema planteado por el Estado israelí, que se deriva, en última instancia, de los acuerdos Sykes-Picot de 1916 y la política colonial de la Gran Guerra.

Roudinesco principia por aclarar una terminología equívoca, deslindando así el antijudaísmo medieval del antisemitismo moderno y el antisionismo de ahora mismo. Si al primero bastaba la conversión del hereje, el sincero abandono de la religión "deicida", a partir de finales del XVIII el antisemitismo busca una segregación efectiva de los judíos, considerados como extraños al cuerpo social, y cuyo culmen fue la "solución final" del régimen nazi. En cuanto al sionismo y su contrario, el hoy tan extendido antisionismo, es fácil imaginarse que ambos gravitan amargamente sobre el monte Sion y las milenarias piedras de la ciudad sagrada. Más adelante, Roudinesco precisa, siguiendo a Arendt, la emergencia del antisemitismo en los días de la Revolución francesa, fecha en que los judíos consiguen, mediante el derecho de ciudadanía, una equiparación social negada durante siglos. A partir de ahí, las fuerzas conservadoras, vinculadas al antiguo régimen, compondrían una explicación de las jornadas revolucionarias, y de sus inesperadas consecuencias sociales, que pueden resumirse en el célebre adagio de la "conspiración judeo-masónica", de éxito perdurable. Y será este mismo fantasma ultramontano, agitado por el espionaje del Zar, el que dé a luz, en la Francia de finales del XIX, Los Protocolos de los sabios de Sion, disparatado opúsculo, recientemente novelado por Umberto Eco, cuyo fin era la contención de las revueltas en la Rusia pre-revolucionaria, fabricando un enemigo dócil y a la mano, y que tendría un influjo determinante en el Mein Kampf de Adolf Hitler, con las consecuencias que hoy todos conocemos (las ediciones de Los Protocolos en el mundo árabe, así como del Mein Kampf, han sido muy numerosas desde la primera mitad del XX).

A lo cual añade Roudinesco una extensa y fundamentada nómina de los autores intelectuales, desde Droumont y Gobineau, desde Renan y Schopenhauer a Martin Heidegger, que dieron una suerte de rigor, una pátina de científismo o de solvencia histórica, a las lucubraciones racistas sobre el judaísmo y la "raza semítica". En esta reprobación unánime se fundamentaría el sionismo de Herlz, que daría como fruto el Estado de Israel, trasunto de la Tierra Prometida. El volumen acaba, en cualquier caso, con las acusaciones de antisemitismo, absurdas en su mayor parte, que actualmente se vierten sobre quienes critican la política israelí en su conflicto con Palestina. No sin antes mencionar al bárbaro cenáculo de los negacionistas (aquéllos que, contra toda evidencia y sin decoro alguno, niegan el Holocausto), entre los que se incluyen, si bien como prologuista poco informado, a Noam Chomsky. El mayor acierto, sin embargo, de este ensayo de Roudinesco, es la filiación directa del antisemitismo y su propalación con la reacción anti-ilustrada que sacudió Europa a primeros del XIX. De aquel miedo a la Revolución, a lo desconocido, al colosal derrumbe del mundo antiguo, devino el miedo y la culpabilización del extraño. De aquellas Luces dieciochescas resultó una oscuridad más alta. Aun así, uno se pregunta por qué Roudinesco hace olvido de uno de los arquetipos antisemitas del XIX, leyenda heredada del Medievo europeo: me refiero a El judío errante, el desdichado Ashaverus, que pena su crueldad por no haber dado descanso a Jesús camino del Calvario, recorriendo desde entonces la redondez del globo. A él, a su figura trágica, acudieron Jonhson, Feijoó, Bécquer, Apollinaire, Mark Twain, y así hasta el Claudio Magris de El Danubio. En él se resumieron una culpa universal, la rabia itinerante, el oprobio indeleble.

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