El final del anacrónico muro invisible

  • Esta madrugada se han cumplido 35 años de la apertura peatonal de la frontera que separa La Línea y Gibraltar

  • La sombra del 'Brexit' ha sepultado cualquier conmemoración

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La Línea conmemora desde ayer el trigésimo quinto aniversario del hecho más relevante de su historia reciente: la apertura de la frontera que le separa de Gibraltar después de trece años de incomunicación. Aunque la ciudad recuerda un 14 de diciembre convulso, expectante, la realidad es que la llave giró, de acuerdo a lo establecido por los gobiernos de España y Reino Unido, poco después de la medianoche, en los primeros minutos del día 15.

La espera, por cierto, se prolongó por algún percance con la llave unos cuantos minutos. Treinta y cinco años después una fecha tan señalada no tuvo ayer la más mínima mención por parte de las autoridades. La sombra del temido Brexit es tan alargada que no deja sitio para otras cuestiones relacionadas con la frontera, que circulan a medio camino entre la nostalgia y el romanticismo.

La fecha prevista en principio, 20 de abril, da nombre a la avenida de acceso a la Verja

Muy pocos recuerdan que la fecha en que finalmente se acabó con aquel cerrojo entre dos comunidades vecinas no era la inicialmente prevista. Las autoridades de uno y otro lado habían fijado inicialmente el 20 de abril de 1982 para desbloquear aquel sinsentido, pero los malditos flecos fueron posponiéndolo casi diez meses. Paradójicamente la avenida que conducía desde la Avenida del Ejército hasta la misma Verja lleva el nombre de ese día. Una denominación que, en la práctica, recuerda una fecha... en la que no sucedió absolutamente nada. Como mucho una monumental decepción para infinidad de ciudadanos.

Tras el triunfo del PSOE en las elecciones generales y bajo el manto del monumental fracaso en el Mundial de fútbol que se acababa de celebrar en nuestro país, Felipe González tomó la determinación de abrir cuanto antes la frontera. Era una cuestión humanitaria, porque las fechas de Navidad estaban a la vuelta de la esquina. Era necesario acabar con aquella imagen tan imborrable como indignante de los familiares a uno y otro lado del puesto fronterizo gritándose las felicitaciones mientras se alzaban a los más jóvenes para que los que estaban al otro lado tuviesen plena conciencia de que ya había uno más en la estirpe.

Aquella noche, con La Línea convertida en una ciudad bulliciosa, exultante, con decenas de medios de comunicación de medio mundo pegándose codazos para poder estar lo más cerca del momento que ponía fin a trece años de anacrónica separación de dos pueblos y al golpe económico y social más duro que haya sufrido la ciudad en un siglo largo de historia.

Aunque ahora pueda parecer insólito, la media del gobierno socialista provocó, cómo no, debate en las calles y bares. ¿Qué persiguen ahora los políticos? ¿Cómo se adaptarán los yanitos? Pero la realidad es que la posibilidad de poder abrazar a los suyos sepultaba toda duda razonable o no y que los billetes de cien pesetas rodaban por las barras para poder brindar por un hecho que, a la vista está, cambió la realidad del momento. Fue la caída de un muro invisible, pero muro al fin y al cabo.

Para que todo aquello sucediese el 9 de diciembre de 1982 había sido dictada una orden que regulaba el régimen de tránsito de personas por el puesto de Policía y control de La Línea. El artículo primero decía: "El paso entre La Línea y Gibraltar o viceversa se efectuará exclusivamente por el puesto de Policía y control establecido con tal objeto. Este paso podía hacerse sólo una vez al día en cada sentido por parte de los españoles con pasaporte en vigor y de los británicos con residencia legal y efectiva en Gibraltar".

Todo aquello desembocó en la tarde del 14 de diciembre, que los más mayores aún sienten en su retina. Todo ciudadano que se preciaba se había apresurado a dejar listas sus obligaciones para coger sitio ante la Verja. La única televisión de entonces, la Española, había anunciado que lo daría en directo, pero fueron muy pocos los que optaron por esa opción. La mayoría se agolpaba en las cercanías y se entretenía leyendo la edición especial lanzada por Área a media tarde para conmemorar la fecha.

El administrador de Aduanas de entonces, Carlos Pozas, fue el encargado junto a agentes de la Policía Armada. Nadie ha olvidado aún la imagen de la desaparecida Carmen Warr, gritando de alegría, después de algún empujón al más puro estilo de los bloqueos baloncestísticos, al convertirse en la primera persona que pasaba desde Gibraltar a La Línea.

Después del momento de la mágica medianoche las emociones se sucedían. Familiares y amigos que se veían de año en año o que limitaban su contacto a los famosos y vergonzosos saludos a doscientos metros de distancia tenían contacto físico por primera vez.

Abrazos, besos, llantos y proyectos en común. Volvieron las parejas mixtas, el mercado se llenó de yanitos y yanitas, subieron los precios, inevitablemente se reavivó el contrabando, aunque también fueron muchos los que pronto con sólo enseñar el pasaporte -entonces indispensable- encontraron un puesto de trabajo que se les negaba a este lado.

Para muchos linenses, especialmente para los más jóvenes, se abrió una nueva fórmula de hacer turismo barato visitando esa enorme mole de piedra que para muchos había sido algo intocable.

En 1985 la frontera abriría también al tráfico rodado, aunque muchos gibraltareños ya tenían para entonces sus coches, que habían trasladado en barco vía Marruecos, en suelo linense. La imagen de decenas de ellos aparcados en las inmediaciones de la Verja era habitual cada lunes.

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