Variaciones Epstein (al ralentí)

  • Versus edita tres títulos de Jean Epstein (1897-1953), cineasta y teórico de las vanguardias que buscó con ahínco el potencial poético de la máquina moderna

El hundimiento de la Casa Usher. Jean Epstein. Versus. 2DVD. Libreto (60 págs.) con textos de Epstein, Quintana, Pitarch y Palacios. 21 euros.

La década de los veinte del pasado siglo es posiblemente la más rica y heterogénea de toda la historia del cine. Antes de la llegada del sonido, que iba a imponer su nueva retórica parlante con un retorno a los orígenes teatrales del lenguaje cinematográfico, los veinte vieron eclosionar a los cines de vanguardia en sus diferentes focos y variantes, desde el Expresionismo alemán al Constructivismo soviético o las experiencias dadaístas, futuristas, surrealistas, impresionistas y abstractas del cine artístico cuyas influencias atravesaban las fronteras europeas sin necesidad de pasaporte.

Aquellos modelos alternativos convivieron con y contra el cine narrativo hegemónico que, desde Hollywood, había conseguido cautivar al gran público con sus fórmulas melodramáticas, su poderoso star system y otras armas de seducción masiva difundidas por una potente y tentacular organización industrial.

Es en ese contexto donde emerge Jean Epstein (Varsovia, 1897-París, 1953), figura capital para entender ese deseo común de las vanguardias de legitimar el cine como arte a partir de una reflexión teórica y práctica sobre el potencial expresivo y poético (rítmico, musical…) de la máquina cinematográfica más allá de su instrumentalización como vehículo para el drama.

Epstein alterna desde 1920 su labor creativa (Pasteur, Mauprat, L'Auberge rouge, Coeur fidèle) con la publicación de textos (Bonjour, cinéma, La Lyrosophie, L'Intelligence d'une machine) en los que desarrolla su estética cinematográfica, donde el cine aparece como un instrumento para la revelación de un mundo, "un universo líquido donde todo es variable y pone en duda los conceptos sólidos (un mundo en devenir, diabólico, frente a lo estático del orden)".

Como Dullac, L'Herbier, Gance, Clair, Léger, Ray, Buñuel y otros cineastas vanguardistas de su entorno, Epstein adopta esas figuras de estilo, exploraciones sobre el dispositivo técnico de la cámara o el montaje, para someter al tiempo y al espacio cinematográficos a una nueva dimensión, más próxima a los flujos y velocidades de la vida moderna, al inconsciente y a la subjetividad creadora.

En su película más conocida, El hundimiento de la Casa Usher (1928), consigue recrear la atmósfera sombría y gótica presente en los materiales originales de Edgar Allan Poe gracias a una serie de recursos como la cámara lenta, las sobreimpresiones de imágenes, las angulaciones insólitas o los travellings que, junto al trabajo de iluminación y el diseño arquitectónico de los decorados, confieren al filme esa dimensión onírica y fantasmal que lo hacen tan característico. Como señala Ángel Quintana, "el cine puede ralentizar el tiempo, mostrar la belleza de las cosas resquebrajándose, dar otra dimensión de lo temporal que reemplace las dimensiones de lo propiamente humano. El tiempo de la pantalla debe ser un tiempo libre, capaz de otorgar una dimensión sensorial absolutamente diferente". La Casa Usher, en la que un joven Buñuel trabajó como ayudante, nos conmueve también en su tratamiento del rostro de Jean Deboucourt, cuya mirada alucinada y herida, en los límites del éxtasis romántico, es sometida a un ejercicio de fotogenia (otro término clave en el pensamiento de Epstein) que trasciende cualquier acercamiento superficial para apuntar directamente al alma atormentada del personaje.

Si el ralentí es la figura de estilo central para la concepción de Usher, la aceleración y el montaje entrecortado presiden ese tramo final de El espejo de las tres caras (1927) en el que su protagonista se lanza en coche a tumba abierta en un paralelismo directo (y trágico, a partir del relato de Paul Morand) entre el cine, la máquina y el nuevo ritmo de la vida moderna.

En los años 30, Epstein se refugió en Bretaña para seguir escribiendo (sobre el sonido o la televisión) y rodando sus últimos filmes, falsos documentales antropológicos que, como El domador de tempestades (1947), le permitieron seguir indagando en las posibilidades de un ralentí sonoro: en este hermoso filme, hermano de Hombres de Arán y de La Terra trema, Epstein somete al paisaje de la tormenta sobre la costa a un doble ejercicio de modulación temporal y sonora, desacelerando la furia del oleaje contra los acantilados y alterando también su estruendo, estirando las vibraciones acústicas en su duración, para revelar la significación dramática, poética o musical del sonido.

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