Manolo Cortés o la torería

El diestro de Gines hace un recorrido por su tauromaquia dentro de las lecciones magistrales de Aula Taurina · Actualmente prepara a nuevos toreros

Luis Nieto | Actualizado 26.02.2010 - 12:35
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El maestro Manolo Cortés, torero de acusada personalidad artística, delante de la Puerta del Príncipe, en la nublada tarde de ayer en Sevilla.

Da igual donde Manolo Cortés (Gines, 1949) se encuentre. Ya sea en un callejón de una plaza, aconsejando a los nuevos valores -actualmente prepara al palaciego Pepe Moral-; en el campo, donde todavía dibuja increíbles lances y muletazos; o en la mismísima Maestranza, relatando su vida, el torero de Gines rezuma torería por todos su poros.

En sus faenas -en más ocasiones de las deseadas bellísimas sinfonías imcompletas- bastaba un destello genial para levantar una tarde. Los tendidos estallaban con Cortés ante un ramillete de naturales. Pero también -ahí reside la grandeza de los grandes toreros- con un solo trincherazo, un trincherazo que rompía el hastío vivido hasta ese momento y abría la puerta hacia la magia, hacia la elegancia, hacia el donaire y hacia la naturalidad de un torero que conquistó a las aficiones más exigentes y dispares: de Sevilla a Madrid, de Nimes a México o de Pamplona -13 años consecutivos- a Valencia...

"El arte puede llegar con un capotazo, en un quite, con un muletazo"; esboza pausadamente su tauromaquia este maestro del Aljarafe en los salones de la Maestranza, en la tercera lección magistral de Aula Taurina (que dirige Miguel Serrano), con la moderación de Carlos Crivell. Todo puede suceder en el ruedo. Todo puede tener sus normas. Pero según Manolo Cortés, el primer mandamiento de su particular catecismo taurino ordena lo siguiente: "Lo fundamental es andar en la plaza en torero".

Manolo Cortés comenzó su singladura sin las facilidades que tienen ahora los alumnos de las escuelas taurinas a los que se dirigía. Huérfano de antecedentes taurinos y en el seno de una familia humilde, arrancó "a los 8 años, con una afición desmedida". Unos inicios "en los que nadie me enseñó a torear. Yo me fijaba en los grandes toreros cuando iba a los tentaderos porque no tenía dinero para verlos en la plaza". Y así, en el campo, se impregnó de las tauromaquias más importantes de su tiempo, como las de "Rafael Ortega, Ordóñez, Camino y Puerta", en tiempos en los que iba al tajo, porque "yo trabajaba en los albañiles ocho horas diarias".

Mirando a los jóvenes que quieren ser toreros y no le han visto, el maestro dicta un consejo: "Hay que pensar siempre en el toro. Yo, por cada pase que daba en un tentadero, volvía a dar luego, en la almohada, 600 pases". Así, con el toreo como única meta, dice que le llegó su primera oportunidad y fue "en un tentadero. Estaba don José Flores Camará. Y me salió tan bien que me pusieron en la plaza de Gerona". Y llegaron los apoderados, entre ellos Antonio Ordóñez, que le dio la alternativa (Valencia, 14 de marzo de 1968) y la confirmación.

Y a partir de ahí, una carrera en la que se mezclaron todo tipo de sabores, desde atravesar la Puerta del Príncipe y varias faenas de ensueño hasta aquellas cornadas terribles de Castellón y Madrid. Pero lejos de su palmarés y de contratiempos, a nosotros nos queda la huella indeleble de su personalidad, en la que imperó su donaire, en la que reinó una elegancia descomunal y en la que envolvía sus movimientos por la arena con una naturalidad inusual, a veces entreverada por una cierta verticalidad que se rompía en sus salidas de la cara del toro con un toque aflamencado. Todo ello estuvo uncido y acompañado por una fama de frialdad que le persiguió y que según él se debía a su "capacidad técnica". Una aptitud que le llevó, a pesar de su marcado marchamo de artista, a lidiar miuras, victorinos, palhas. El torero de Gines dice que este contrasentido nació cuando "en la primera corrida de Miura que maté formé un gazpacho. Porque mi problema siempre fue la facilidad". Y es que, al igual que otros grandes maestros sevillanos, para lucirse, "primero hay que poder al toro". Llega entonces la cadencia, el temple y el reconocerse en la suerte, porque "antes de dar un capotazo o un trincherazo yo lo vivía y me emocionaba". Y se emociona ante el auditorio.

La carrera, como su charla, llega al final. Un final en el que el torero alude a que algunos empresarios, allá por 1997, no le dejaron retirarse en consonancia a los méritos logrados. Pese a todo, está "satisfecho" con lo conseguido y con haberse entregado en cuerpo y alma al toreo, una profesión que ante todo la reconoce como una manifestación de "arte y sentimiento".
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