Los 'malos' de la TDT
ad hoc
Los 'malos' de la TDT
Manuel S. Ledesma | Actualizado 03.03.2010 - 01:00CADA vez estoy más convencido de que mi relación con la televisión está gafada. A pesar de ser muy pocos los programas que me han interesado, lo cierto es que todos ellos, sin excepción, han sido eliminados de las pantallas aún a sabiendas de su contrastada calidad y su alto nivel de audiencia (increíble para los horarios en que se emitían más propios de adivinos, teletiendas y exhibiciones eróticas).
Primero me quitaron La clave de José Luis Balbín, después Qué grande es el cine de José Luís Garcí y, para mi desdicha, remataron la jugada suprimiendo Negro sobre blanco de Fernando Sánchez Dragó. Los tres eran programas que -algo excepcional- rellenaban muchas horas de emisión a muy bajo coste y que, además, aportaban un cierto toque intelectual a una parrilla televisiva que parecía -y sigue pareciendo- concebida para descerebrados. El único -y al final inadmisible- pecado común a todos ellos era que permitían e incluso alentaban el libre pensamiento y, por tanto, eran ajenos a las consignas y recomendaciones del poder. Esta ausencia de "sometimiento político" fue la razón de que sucesivos gobiernos -curiosamente, siempre socialistas- los retirasen de la circulación.
Ahora, el avance tecnológico nos ha traído la TDT, un sistema que ha multiplicado el número de canales a elegir y aunque la mayoría son tan deplorables como los convencionales, unos pocos han logrado atraer la atención de un sector de público que, como yo, sólo utilizaba la televisión a modo de somnífero. El gato al agua de Intereconomía, La vuelta al mundo de Veo 7 y la novedosa e imaginativa emisión de los programas radiofónicos de Federico Jiménez Losantos y César Vidal que hacen Libertad digital y la propia Veo han supuesto un soplo de aire fresco en el aborregado panorama televisivo español y, como era previsible, ya se han levantado voces críticas contra estos espacios que (para quien no los conozca) no se distinguen precisamente por "pasarle la mano por el lomo" a ZP y su cuadrilla.
Ha sido El País (periódico que aspirando a ser el The Times español ha conseguido asemejarse mucho más al Pravda soviético) el primero que alerta sobre el "peligro" de estos canales en un reportaje titulado: "Los ultras conquistan la TDT". A su juicio, asistimos a una "explosión de tertulias sin pluralismo" donde "se destilan los argumentos más reaccionarios y ultras". Demandan, por tanto, la creación de un organismo neutral (entiéndase: censura) que puedan revocar las licencias a estos agitadores sociales.
La peligrosa tesis que defiende El País es que no debería dejarse al criterio de los espectadores la valoración de lo que ven, sino que es misión de los políticos el decidir lo que -televisivamente hablando- más nos conviene. Nada de polemizar sobre el aborto, la educación o la corrupción. Lo mejor para el pueblo es ver algo como Canal Sur, una tele sin acritud donde todo es arsa y olé y si acaso quieren debatir de algo, háganlo sobre cosas importantes como… ¿quién debe ganar La Copla?
Primero me quitaron La clave de José Luis Balbín, después Qué grande es el cine de José Luís Garcí y, para mi desdicha, remataron la jugada suprimiendo Negro sobre blanco de Fernando Sánchez Dragó. Los tres eran programas que -algo excepcional- rellenaban muchas horas de emisión a muy bajo coste y que, además, aportaban un cierto toque intelectual a una parrilla televisiva que parecía -y sigue pareciendo- concebida para descerebrados. El único -y al final inadmisible- pecado común a todos ellos era que permitían e incluso alentaban el libre pensamiento y, por tanto, eran ajenos a las consignas y recomendaciones del poder. Esta ausencia de "sometimiento político" fue la razón de que sucesivos gobiernos -curiosamente, siempre socialistas- los retirasen de la circulación.
Ahora, el avance tecnológico nos ha traído la TDT, un sistema que ha multiplicado el número de canales a elegir y aunque la mayoría son tan deplorables como los convencionales, unos pocos han logrado atraer la atención de un sector de público que, como yo, sólo utilizaba la televisión a modo de somnífero. El gato al agua de Intereconomía, La vuelta al mundo de Veo 7 y la novedosa e imaginativa emisión de los programas radiofónicos de Federico Jiménez Losantos y César Vidal que hacen Libertad digital y la propia Veo han supuesto un soplo de aire fresco en el aborregado panorama televisivo español y, como era previsible, ya se han levantado voces críticas contra estos espacios que (para quien no los conozca) no se distinguen precisamente por "pasarle la mano por el lomo" a ZP y su cuadrilla.
Ha sido El País (periódico que aspirando a ser el The Times español ha conseguido asemejarse mucho más al Pravda soviético) el primero que alerta sobre el "peligro" de estos canales en un reportaje titulado: "Los ultras conquistan la TDT". A su juicio, asistimos a una "explosión de tertulias sin pluralismo" donde "se destilan los argumentos más reaccionarios y ultras". Demandan, por tanto, la creación de un organismo neutral (entiéndase: censura) que puedan revocar las licencias a estos agitadores sociales.
La peligrosa tesis que defiende El País es que no debería dejarse al criterio de los espectadores la valoración de lo que ven, sino que es misión de los políticos el decidir lo que -televisivamente hablando- más nos conviene. Nada de polemizar sobre el aborto, la educación o la corrupción. Lo mejor para el pueblo es ver algo como Canal Sur, una tele sin acritud donde todo es arsa y olé y si acaso quieren debatir de algo, háganlo sobre cosas importantes como… ¿quién debe ganar La Copla?

