La esfera armilar

Toros y toreros

| Actualizado 08.10.2009 - 01:00
HACE unos años tuve la oportunidad y el honor de pronunciar el pregón taurino de la ciudad de Antequera. No es cualquier cosa: se trata de una ciudad de gran importancia cultural e histórica que pudo convertirse en la capital de la Andalucía autonómica surgida de las reformas políticas que siguieron a la extinción de la dictadura militar. Fue una experiencia muy grata convivir unas horas con la peña Los Cabales que entonces presidía un personaje muy popular que desgraciadamente ya nos dejó: el inolvidable Tito Pepe. Resulta que cuando preparaba el pregón pensé en el valor que supone ponerse delante de un toro, dominarlo y matarlo en un ambiente donde el arte y el color comparten protagonismo. Y del valor, el subconsciente me llevo a la masculinidad. Pero así, de pronto, como el que descubre un error evidente que ha pasado, a pesar de ello, inadvertido, surgió la mujer en todo su esplendor. Su presencia en la Fiesta es notable, su figura forma parte ya de la historia del toreo y en lo que respecta al valor, ante el toro y no sólo ante el toro, habría mucho que contar. Así que tuve que poner freno a mis disquisiciones y dar marcha atrás para situarme antes de mis equívocas hipótesis de trabajo. Dado que no podía abordar la redacción del pregón con el supuesto de que el valor pertenecía a la esfera de lo masculino, se me ocurrió reflexionar precisamente sobre la presencia de la mujer en el arte de citar, templar y mandar sometiendo el instinto noble y salvaje del toro bravo a la gracia y a la inteligencia. Fue divertido considerar el anecdotario taurino relacionado con las mujeres como parte de la Fiesta, sin duda no tan extenso como el que se refiere a los hombres pero sí tan rico y sugerente como el que se cita con independencia del género y de la dicotomía con ello consecuente. No me planteé ni sé que alguien lo haya hecho, la homosexualidad como un factor a tener en cuenta. Es interesante de qué modo esa realidad me pasó y pasa desapercibida en el ámbito de la Fiesta donde, por otra parte, las expresiones son genéricas sin que nadie, ni por supuesto las mujeres, opongan argumento alguno. No se emplea el femenino en ningún caso. No hay toreras, solamente toreros; también las mujeres son toreros. Debe de ser que el mundo inmenso, singular y extraordinario del toro es tan natural que los alardes y las extravagancias se quedan fuera de juego. A los hombres o mujeres toreros no se oponen sin embargo hembras. Los toros son siempre machos y además nacen, viven y mueren en la plaza sin haber conocido hembra. Seguramente para que la lidia se conduzca con normalidad es preciso que el animal sea macho. Las hembras probablemente serían mucho más peligrosas.
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