ad hoc

La enseñanza

Manuel S. Ledesma | Actualizado 23.09.2009 - 01:00
APODERÁNDOSE del hombre desde su primera edad a la adolescencia, la enseñanza, da a su entendimiento una dirección provechosa o extraviada y le señala para toda su vida con un sello indeleble. Los momentos perdidos en época tan preciosa no se resarcen nunca y las impresiones entonces recibidas determinan la suerte de los ciudadanos y de la patria". Difícilmente cualquier lector con algo de sentido común podrá estar en desacuerdo con el texto anterior ya que en unas pocas frases expresa conceptos que se antojan tan veraces como fundamentales: la importancia vital de la educación, su capacidad para influir en el destino de los jóvenes y, subsidiariamente, en el de la sociedad y el hecho más que contrastado de que las consecuencias de una mala educación, es decir, lo que no se aprende (o se deja de enseñar) en edades tempranas, suelen ser tan nefastas como irreversibles. Lo curioso es que, pese a su actualidad, fue escrito en 1845 por el historiador Pedro José Pidal, a la sazón, Ministro de la Gobernación durante el reinado de Isabel II. En el desempeño de sus funciones ministeriales impulsó el "Plan Pidal" destinado a sacar al país del caos educativo en que entonces -como ahora- se encontraba inmerso. La centralización de la administración educativa, la uniformidad de textos y programas y la catalogación de la enseñanza como un servicio público fueron las principales medidas para librar a España de su analfabetismo ancestral y la prueba de la eficacia de este sistema educativo es que sirvió de base a la "Ley Moyano" (1857) que, con ligeras modificaciones, ha servido de norma para la instrucción pública de los españoles hasta que se implantaron la LOGSE y sus variaciones… con los infortunados resultados que todos conocemos.

Han bastado apenas 30 años para que las modernas reformas educativas pergeñadas por unos cuantos pedagogos tan progresistas como imbéciles hayan convertido el sistema educativo español en un erial. Con todos sus defectos (esencialmente la falta de presupuesto) la instrucción pública, asentada en las ideas de Pidal, proporcionó a los españolitos, durante más de un siglo, una digna educación primaria y un excelente bachillerato, sin embargo, las nuevas hornadas de rectores educativos (elevados a sus cargos antes por afinidad política que por capacitación profesional) consideraron retrógrados y obsoletos los principios que la regían: valoración del esfuerzo, búsqueda de la excelencia, disciplina, autoridad del profesor… y, en definitiva, apostaron por una "escuela democrática" más atenta a que las opiniones de los alumnos y sus padres -(H)AMPA- tengan el mismo peso que las de los profesores, que a inculcar conocimientos en las duras molleras de los estudiantes. Las consecuencias de esta roussoniana manera de entender la educación saltan a la vista: fracaso escolar generalizado, niños asilvestrados y caprichosos que se comportan en la escuela igual que en la calle y maestros acojonados más atentos a conservar su integridad que al aprendizaje de su revoltoso alumnado. En estos tiempos, al comenzar el curso los que derraman lágrimas no son los chavales, son los profesores… y sus compungidas familias.
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