ad hoc

Los buenos modales

Manuel S. Ledesma | Actualizado 05.08.2009 - 01:00
AUNQUE probablemente no sea lo más deseable, lo cierto es que los cambios sociales suelen obedecer casi de forma matemática a la ley del péndulo. Si, antes, hubo rigidez de costumbres, detrás vendrá el desenfreno más absoluto, si la norma era el recato se mudará con toda facilidad a su opuesto, el descaro y si previamente imperaba la sobriedad seguro que lo que se llevará después será el despilfarro. La razón de estos bandazos hacia los extremos contrarios, (pasando de largo por el término medio que, al dictado del sentido común, quizá fuese lo más conveniente) hay que buscarla en el motor que, ya sea político o ideológico, suele impulsar estos cambios. Los "nuevos"dirigentes y líderes de opinión no sólo aspiran a corregir las costumbres y reglas, a su juicio, erróneas o injustas, de sus antecesores sino que, en sui generis venganza, pretenden llevar a la sociedad por caminos que obliguen a llevarse las manos a la cabeza al sector de la población que no comparte sus ideas.

Tal actitud justifica que, en muy pocos años, el país se haya vuelto del revés en asuntos en que están involucrados los valores, la moral e incluso las creencias de las personas y así, por ejemplo, comportamientos antes perseguidos como la homosexualidad o el aborto, ahora, no es que -como sería razonable- sean tolerados y comprendidos sino que son alabados e incluso promocionados. Sin embargo resulta sorprendente que estos pendulazos afecten también a hábitos sociales que nada tienen que ver con el color político o la catadura moral de las personas sino que están relacionados, más bien, con su grado de civilización. La urbanidad, la compostura, la cortesía… en definitiva los buenos modales deberían ser usos inmunes a las transformaciones sociales por revolucionarias que estas sean ya que, al fin y al cabo, la buena educación de sus gentes es el parámetro más fiel para medir cuán alejada del salvajismo está una sociedad. Desafortunadamente no parece ser que este asunto nos preocupe demasiado y de ahí el franco desuso en que ha caído la expresión "tener buenos modales". Hoy en día es habitual -al punto de no extrañar a nadie- que la gente se comporte irrespetuosamente en su trato con los demás, que utilice -o abuse- de las cosas y espacios públicos como suyos, que vista inadecuada y hasta ofensivamente para según que lugares (hospitales, escuelas…) e incluso que -con lo barata que es una ducha- adornen su presencia con antihigiénicos efluvios. Son tan normales estos comportamientos que uno no puede más que augurar un negro futuro para la convivencia porque, como es bien sabido, los modales los enseñan los padres y ya me dirán ustedes qué enseñanzas pueden trasmitir a sus hijos unos especímenes como los que se encontraron en un bar -céntrico- en el quien esto escribe tomaba café: "¿Cómo estás, chocho?" -le dice, a voces, la recién llegada a la camarera (al parecer conocida suya) que hay tras la barra-. "Tía, no veas qué tetas y qué culo estás echando" -le responde, a bote pronto y en similar volumen, la empleada-. "¿Me estás diciendo gorda, cabrona?" Obvia pregunta con la que pusieron fin a su vocinglera fórmula de salutación… tan cariñosa para las "damas" como abochornante para el resto de clientes de la cafetería.
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