la tribuna

Ante la indiferencia

José M. Aguilar Cuenca | Actualizado 21.07.2009 - 01:00
NO acabábamos de asimilar los hechos denunciados en Baena, donde supuestamente una menor ha sufrido el abuso sexual de un grupo de menores, cuando nos sorprende otro episodio de similares características en otro punto de nuestra geografía. Si alguno pensaba que no había que tener tan en cuenta los mecanismos de imitación, especialmente en determinadas edades, creo que ahora comenzará a replantearse sus creencias.

En el calor que brota de la herida encuentran cobijo los arbitristas, sujetos que inventan planes o abanderan proyectos, disparatados las más de las ocasiones, con la promesa de que con ellos se alcanzará la ansiada solución al origen del dolor. Nuestra última herida tiene el rostro de adolescente zaherida por otros muchachos que han olvidado que sus deseos no tienen por qué ser los deseos de los demás, ni cualquier medio la forma para lograrlos. Cuando aún la historia tiene mucho que contar, y la justicia una infinidad que aclarar, las miradas se giran y vuelven las preguntas y porqués a tanta brutalidad, en la infinita necesidad humana de comprender lo irracional.

La primera respuesta de los arbitristas ha sido una vuelta a la exigencia de endurecer las leyes que castigan hechos deleznables ¿De verdad alguien se cree que esos muchachos hubieran pensado, en el momento de cometer la fechoría de la que se les acusa, las consecuencias de sus actos, remitiendo en su brutal acometida, si las penas fueran cien veces mayores a las actuales? Unamuno afirmó que la razón es aquello en que todos nos ponemos de acuerdo; es un hecho social, mientras que la verdad es un hecho individual. De ser así las cosas, nuestra sociedad debe estar de acuerdo, una vez más, en que razón y verdad han vuelto a pasear sin cogerse de las manos.

No creo que podamos afirmar que nuestro tiempo es más violento que el que heredamos, sin embargo, cuanta más libertad tenemos, más satisfechas están nuestras necesidades o más altos nuestros alcances intelectuales, menos nos podemos permitir el sinsentido de acontecimientos como los denunciados. Por el camino hemos dejado multitud de cosas, algunas por fortuna, pero también muchas otras necesarias.

La censura psicológica es la vigilancia que ejerce el sujeto sobre sí mismo, con intención de impedir la presencia de ciertos impulsos que pudieran serle recriminados. No nacemos con ella, se educa y responde a los límites marcados por la sociedad del momento. Si algo tienen en común los individuos que llevan a cabo hechos como los que hemos conocido en los últimos días es su carencia de ese tipo de control individual. El hedonismo, la superficialidad, la necesidad de satisfacer de forma inmediata los deseos son otros de sus rasgos comunes. Todos son el resultado de la educación.

Los modelos de conducta contemporáneos se encuentran menos en la escuela que en las series de televisión, internet u otros productos culturales como los videojuegos. Si consideramos que en estos medios comportamientos idénticos a los que hemos comentado son recurrentes, ¿a quién puede extrañar que los chicos los imiten?

Somos una sociedad de adolescentes, con emociones adolescentes y voluntades adolescentes. ¿No fue nuestro hedonismo y falta de juicio lo que nos hizo pensar que la fiesta nunca iba a acabar, lanzándonos desenfrenadamente al consumo y la especulación? Les recuerdo que hasta hace poco enriquecerse rápido era el deporte nacional. En la base de todo lo anterior está el desprecio al sacrificio y la excelencia, la justificación de los medios con tal de lograr el fin y el abandono de la responsabilidad.

Los arbitristas plantean soluciones radicales al calor del dolor. El resto mira atontado a todos lados y se encoge de hombros. Piensa que "alguien hará algo", mientras mete las maletas en el coche que le llevará al apartamento de la playa. Porque él no es responsable, ella no ha hecho nada, bastante tiene con trabajar y llegar a final de mes. Él no ha votado a nuestros políticos, no ha tardado cinco horas en llamar a la policía, no se ha encarado con su vecino cuando éste se atrevió a recriminar a su hija su comportamiento descortés, no fue la madre que reprochó al docente los diez suspensos de su hijo.

Seguiremos coleccionando brutalidades mientras así lo queramos. La distribución de la responsabilidad en el grupo hace que a cada uno le corresponda tan ínfima cantidad, que todos podemos seguir con nuestras vidas como si no hubiera ocurrido nada. Sin embargo, responsables somos todos. Yo, por no removerle con mis palabras, aunque me consta que muchos de ustedes me escuchan. Responsabilidad de nuestros dirigentes, que han logrado una sociedad en la que la mentira sale impune de los juzgados, mientras convierten la verdad en una decisión política. Usted, por comprar ese videojuego violento, en vez de otro creativo e igualmente divertido o, mejor aún, por preferir "enchufar" a sus hijos a la televisión, en vez de gastar su tiempo en jugar y hablar con ellos. Los medios, por no generar debate sobre lo que realmente importa, entretenidos en entretener, para que no reparemos en el desastre. Y, sin embargo, mañana podemos comenzar a cambiar las cosas.
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