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Otra visión de los ochenta
Otra visión de los ochenta
Asteroide publica en castellano la tercera entrega de los dietarios de Valentí Puig, un libro brillante y combativo.
Ignacio F. Garmendia | Actualizado 18.07.2012 - 07:50Autor de novelas, relatos, ensayos y diarios, Valentí Puig es un escritor de sólida trayectoria que se ha servido por igual y sin aparente conflicto de las lenguas castellana y catalana. En su faceta diarística, el también articulista y poeta mallorquín había publicado dos entregas hasta la fecha: Bosc endins (1982; para el período 1970-1979) y Matèria obscura (1991; 1980-1984), reunidas más tarde en el volumen recopilatorio Porta incògnita (2002). Esta tercera, publicada en catalán el año pasado y traducida al castellano por él mismo, continúa las anteriores y se refiere a un único año, 1985, del que tenemos noticia más de un cuarto de siglo después de los hechos relatados. Puesto que nos referimos a uno de los mejores conocedores de la obra de Josep Pla, no en vano le debemos un esclarecedor ensayo sobre El hombre del abrigo (Destino, 1998) y un estupendo Diccionario Pla de Literatura (Destino, 2001), es inevitable relacionar estas páginas con las escritas por el ampurdanés en la formidable serie de dietarios iniciada por El cuaderno gris (publicada íntegra en Espasa). Pero hablamos de los años ochenta y de un escritor que tiene, como su maestro, un mundo propio.
Todo diario ofrece un autorretrato, que en el caso de Puig (el Puig de 1985) nos muestra a un tardojoven (de 36 años) indudablemente letraherido que alterna la lectura, la reflexión y la escritura con ocasionales pero regulares incursiones en la vida noctámbula, con especial querencia -del mismo modo que Pla- por la prostitución y la buena mesa, sumadas en su caso a las demasiadas copas en compañía de amigos crapulosos de los que se va distanciando. Luego el diarista se siente ligeramente culpable por haber perdido el tiempo de esa manera, aunque lo cierto es que también dedica gozosas jornadas enteras al trabajo intelectual, por ejemplo en la casa de Alaró donde pasa el verano solo y satisfecho de la soledad laborable, mientras escucha el trajín de las ratas del título entre la hojarasca. No hay contradicción o esta sólo es aparente, pues se trata de variantes de una misma vocación hedonista.
Hablando de putas, que habla lo suyo, Puig se muestra, digamos, no tanto políticamente incorrecto -lo que lo honra- como ligeramente anticuado, pero se entiende que a esas alturas del siglo el casposo imaginario carpetovetónico aún no se había liberado del todo de las estrecheces de posguerra, y por lo demás está claro -porque en otros momentos habla de relaciones no venales, o de la novia con la que estuvo a punto de casarse- que también lo guía, aparte de la bendita celebración del sexo sin complicaciones, una voluntad provocadora. El autor no siente que los ochenta sean (en el presente) una época esplendorosa, sino todo lo contrario, y tampoco se muestra complaciente con sus paisanos, de algunos de los cuales -a otros en cambio, como el también escritor y diarista mallorquín José Carlos Llop, les dedica palabras amables- hace retratos bastante sangrantes, aunque la identidad de aquellos permanece en la oscuridad fuera del ámbito local en el que sin duda serán reconocibles.
Uno de los aciertos de Puig, que no trata de parecer simpático, está en el preciso e irónico retrato que hace de esa edad conflictiva -pero todas lo son- de la media treintena, cuando para muchos la relativa indiferencia respecto del futuro deja paso a la necesidad de plantearse un proyecto de vida. Pero bastantes de las mejores páginas de Ratas en el jardín se dedican a proclamar muy convincentemente el genuino amor de Puig por la literatura. No puede negársele tampoco, además de la independencia de criterio, un cierto grado de clarividencia, por ejemplo cuando afirma que en adelante el terrorismo será el verdadero enemigo de las sociedades libres. En calidad de intelectual comprometido, que lo es y como tal se declara, el diarista se muestra como uno de los precursores en la descalificación -bastante feroz en el caso de Sartre- de los referentes de la izquierda, y censura asimismo la "experimentación vana" del nouveau roman, el complejo de superioridad de la socialdemocracia o los delirios del pancatalanismo. Pero leídas hoy, aunque es posible que no ocurra lo mismo en el futuro, las consideraciones sobre la guerra fría o la conversión al atlantismo de los socialistas en el poder -que habrían tenido interés en su momento- suenan quizá demasiado sabidas.
En el fondo de su discurso late el pensamiento liberal conservador de honda raigambre española, en todo caso más lúcido, inteligente y documentado -Puig posee una vastísima cultura en varias lenguas- que el pobre y despiadado ultraliberalismo (a menudo laico) de esos niñatos de master que apenas han leído cuatro libros y ya se sienten preparados para dictaminar sobre la condición humana. Por lo mismo, la religiosidad católica de Puig -véase La fe de nuestros padres (Península, 2007)- viene a apoyarse, como en Chesterton, en el sentido común, pero sobre todo en la fidelidad -perdida y recuperada- a los valores en que fue educado. En este sentido, las evocaciones de las figuras del padre y la madre, o los recuerdos familiares de su niñez y adolescencia, se cuentan entre los pasajes más emocionantes del libro, tal vez porque en ellos el autor deja de lado el propósito impugnador y la pincelada ácida para celebrar la sencilla armonía de un mundo desaparecido que no sólo dejó honda huella en su memoria sino que a la postre, o eso viene a decirnos, le ha salvado.
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