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"Estoy harto de las constricciones morales de la literatura española"
"Estoy harto de las constricciones morales de la literatura española"
El autor publica 'Los inmortales', un dionisiaco exorcismo contra el miedo a desaparecer.
Francisco Camero | Actualizado 08.02.2012 - 07:41El presunto Cervantes inmortal que se engolfa en un hotel de Tenerife es sólo uno de sus muchos personajes alucinados. Por ahí andan también Lorca y Virgilio de vacaciones en Cambrils; Juan Pablo II y la Madre Teresa de Calcuta paseando extáticos por supermercados y grandes superficies; Picasso y Van Gogh intentando pintar en vano el retrato definitivo del Mal; Dante y el mismísimo Arcángel Gabriel, Hitler y Stalin, incluso el propio Manuel Vilas, "por solidaridad" con sus criaturas, dice, y porque "hacen cosas que están muy bien: comen, beben, fornican". Hablamos no obstante de literatura, no de una borrachera muy divertida pero ya está. Hay vetas de oscuridad, relámpagos fuertes de emociones hondas y sinceras. Vilas se harta de bailar, pero lo hace en una fiesta oscura del alma. Sus personajes arrastran y murmuran una pena, la melancolía del esfuerzo inútil: no comprenden la muerte, y no se quitan ese miedo.
"La novela surge de la conciencia de la muerte como algo inexplicable, sobre todo para un vitalista como yo. ¿Cómo entender la muerte? Es una cosa absurda, humillante y de mal gusto, casi. Por otro lado, también se me ocurrió viendo Los inmortales, con Christopher Lambert, del 86: la idea de un tipo que vive 400 años, que ve la Historia, que es testigo de ella, me inspiró el personaje principal de la novela, Saavedra, que es casi Cervantes, aunque es el lector quien debe decidir si quiere que sea o no sea Cervantes", explica el escritor, que participó la semana pasada en el ciclo Letras capitales del Centro Andaluz de las Letras. "Yo creo que el punk no está muerto, que al capitalismo hay que darle fuerte, muy fuerte. No hay nada real en lo que vemos. Nada. La novela me sirve para hacer estallar todas las convenciones. Porque la literatura es el sitio donde puedes romper todos los límites, y eso es lo que yo hago, y asombrosamente no me meten en la cárcel. Seguramente porque nadie me lee".
Vilas, narrador singularísimo y uno de los poetas más brillantes de su generación, dice que Los inmortales es también un homenaje al modelo de comedia cervantina, y se revuelve cuando entiende, aunque nadie lo ha hecho, que se le reprocha la imposible adcripción de su prosa a cualquiera de los géneros tradicionales. "Es un debate que no interesa para nada. Al final es una estrategia para no hablar de lo que importa. Es, no sé, como si regresara Jesucristo y la gente se pone a debatir si la túnica era blanca o beige. Es un debate del siglo XX. El que se pare a pensar si está leyendo una novela u otra cosa, que la tire, directamente. Yo pienso que es una novela. Pero qué más da. Es un libro de ficción con historias potentes y salvajes", zanja Vilas, que echa en falta "más atrevimiento" en la literatura española y añade: "También me podría quejar de que no haya más lectores para una literatura más atrevida".
"Este país es muy raro y muy conservador, estoy harto de las constricciones morales de la literatura española. ¿Por qué no va a salir un McDonald's en un poema, por ejemplo? Si hay muchos, hombre. De hecho, España está llena de McDonald's. Lo que hay es poca poesía", continúa el autor, que en cualquier caso vuelve a firmar un libro español por los cuatro costados. En uno de los grandes pasajes del libro, Corman Martínez, el último comunista, un pobre diablo al que se le aparece de vez en cuando un Stalin muy conversador, pasa la Nochevieja de 2013 viendo al mismo tiempo Los lunes al sol y El día de la bestia. "Una lo hace desde la crítica social reconocible y la otra desde el caos visionario, pero las dos hablan de España", explica el escritor, al que le interesa hablar del país por "una razón bien simple". "Vivo aquí. Coño, no va a salir Canadá".
Al igual que Aire Nuestro, Los inmortales es además un libro rabiosamente político. "Todos dan por hecho que me divierto muchísimo escribiendo, pero no. Me quedo exangüe. Se pasa mal. Porque detrás de todas las historias está la alienación. Seguimos sin ser libres, después de 50.000 revoluciones, después de la socialdemocracia, después de tantas cosas, no somos plenos ni completamente felices", dice Vilas, que en Una iluminación del oído viene aproponer un decálogo ético en toda regla.
Hay otro momento significativo en Las señoritas de Avignon: una mujer perdió a su hija, "reventada por una bomba" en Londres. Y clama: "Pensé en matar a la reina de Inglaterra. Quise saber quién era el responsable de mi desgracia. Sólo hallé símbolos, como la monarquía o el libre mercado". "Antes la tiranía tenía un rostro reconocible. En el siglo XVIII se le cortaba la cabeza al rey, y fuera. ¿Pero hoy? Nadie conoce ese rostro. Hemos creado una sociedad tan compleja que la tiranía es invisible", dice el autor. Esa mujer sabe que ni siquiera el cuadro más grandioso podría capturar su dolor; sería solamente arte. ¿Puede la literatura, ella sí, contener la vida? "Es la pregunta más terrible para un escritor. La literatura sólo sirve para ser leída. ¿Puede cambiar conciencias, servir para la acción política? La realidad es que no. Es trágico, pero no. Ni el cine, ni el arte... Hoy El manifiesto comunista se consumiría como un best-seller de autoayuda. Ahí estamos".
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