El 'Vapor' que nunca fue vapor

  • La historia de los barcos que han unido El Puerto y Cádiz en las últimas ocho décadas

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En la orilla meridional de la ría de El Ferrol (La Coruña), cruzando el puente conocido como Ponte das Pías, se encuentra el municipio de Fene, única en España donde hay un Museo del Humor. En una de sus ocho parroquias, en la playa de Maniños, un gallego emigrado a Cuba construyó, a su regreso y en homenaje a su difunto padre, la motonave Adriano. Al finalizar la construcción del barco le hizo entrega a su hermano José, quien, más adelante contaría como tripulantes con la ayuda de sus hijos: José -el más conocido, Pepeel del Vapor-, Eduardo, Andrés, y Juan Fernández Sanjuán, que fue el último patrón, del total los 10 hermanos Fernández Sanjuán. Estuvo durante varios años, sólo en verano debido al mal tiempo, realizando paseos por la Bahía de La Coruña, entre el Castillo de San Antón hasta la Torre de Hércules y la Marola, un sitio muy peligroso. El precio del viaje era de 30 céntimos en el interior y 50 en la toldilla.

En 1929, el Adriano sería reclamado por Sevilla con motivo de la Exposición Iberoamericana, para el servicio Sanlúcar-Sevilla a través del Guadalquivir. Pepe Fernández Sanjuán formaba parte de la tripulación junto a su tío, y el maquinista, el patrón y un capitán. Allí vieron, en el Paseo de la Palmera, al rey Alfonso XIII.

Un desafortunado suceso ocurrió en la madrugada del día 9 de julio de 1929: de noche estalló la caldera del vapor Cádiz -hubo un muerto- cuando estaba atracado en el muelle de San Ignacio en la Plaza de las Galeras de El Puerto. Se fue a pique. A raíz del accidente el Ayuntamiento prohibió que la línea marítima de pasajeros hiciera su recorrido entre El Puerto y Cádiz. Tras la explosión llegaron a El Puerto por vez primera los buques de motores de explosión. En primer lugar el yate Punta Umbría.

La empresa Millán, que explotaba la línea de vapores de El Puerto a Cádiz, cuando llevaban apenas un mes en Sevilla les ofreció hacer el recorrido que ya no haría más el vapor Cádiz, haciéndose cargo el Adriano I al finalizar la Exposición Universal, pilotado por José Fernández Fernández y la tripulación compuesta por algunos de sus hijos varones. El precio del viaje costaba por entonces en Toldilla, 1,50 pesetas, en cubierta 1 peseta y los menores de 4 a 12 años 50 céntimos.

En 1932 se comenzó a construir en la playa de Maniños, bajo la dirección y planos del propietario, Antonio Fernández Fernández, el Adriano II, que no terminaría navegando porque al estallar la Guerra Civil se dejaron de recibir los materiales necesarios, y el primer intento acabó perdido en la playa. En 1942, terminada la contienda, se construyó, ya sí, el que después sería el Adriano II, con capacidad para 400 pasajeros. En 1955 realizaría su último viaje el Adriano I, dándole el relevo al Adriano III, la motonave que se hundió el pasado 30 de agosto junto al cantil del muelle Reina Victoria en la dársena del puerto de Cádiz. El Adriano II se dedicaría a partir de entonces a realizar paseos nocturnos y otras actividades de naturaleza turística.

El Adriano III lo mandaron construir los hermanos Fernández Sanjuán en los astilleros de San Adrián de Cobres, en Vilaboa (Pontevedra). "El Vapor que nunca fue vapor", como lo bautizó en 2004 Antonio Burgos con motivo del 75 aniversario de su llegada a la bahía de Cádiz, había recogido la tradición de comunicación naval que se remonta a tiempos de los fenicios, cuando Cádiz era una isla y necesitaba un puerto de contacto con la península. Barcas, veleros, vapores, motonaves y, últimamente, catamaranes han hecho un surco marítimo, a lo largo de los siglos, entre Cádiz y El Puerto.

En la Guerra Civil, estando fondeados en la Bahía barcos italianos y otros adeptos a la rebelión, obligaron a los propietarios del barco a trasladar soldados a Cádiz o a El Puerto. No estuvieron parados durante la contienda, y trabajaron a pesar de todo hasta que cortaron el suministro de combustible en 1939.

La travesía de El Puerto-Cádiz duraba unos 45 minutos. Eran famosos los días que había corrida de toros, y al patrón Pepe Fernández Sanjuán le preocupaban las discusiones que se producían cuando el barco iba abarrotado y podía caer cualquiera al agua: algún episodio hubo. En sus tablas se rodaron películas como La Lola se va a los puertos, La Becerrada, Calle 54.

En 1966, el 4 de enero, El Vapor hubo de pasar 16 horas parado en aguas de la Bahía, con 30 personas a bordo, debido a una intensa niebla. Hubo que parar máquinas, echar el ancla y disponerse a una tensa espera con la mar en calma. Habían salido de El Puerto a las 9 de la mañana y hasta las 3 de la madrugada del día siguiente no serían guiados, con potentes focos de una embarcación de la Marina de guerra, hasta el muelle gaditano, bajo cuyas aguas hoy aún permanece.

Fernández Sanjuán y el Vapor fueron durante muchos años indispensables para el mantenimiento de la actividad pesquera. En El Puerto, antes de que se construyeran los espigones de Poniente y Levante en la desembocadura del Guadalete (1970), debido a que la entrada de arenas y limos que arrastraban las corrientes litorales formaban la barra en la bocana del río, impidiendo así que los pesqueros pudieran pasar por el río con media marea o bajamar escorada, Pepe el del Vapor, con una sonda de mano o plomada medía la profundidad del río e iba conociendo la calidad de fondo. Con dicha maniobra esquivaba los obstáculos alcanzando la navegación correcta. Al seguir el rumbo del Vapor, los pesqueros podían entrabar en puerto sin esperar la pleamar.

La salida de los vapores se marcaba antaño con tres pitadas seguidas de sirena: los toques continuos avisaban que se entraba en el río, otro avisaba del atraque en el muelle, dos se escuchaban 15 minutos antes de salir y tres justo antes de iniciar la travesía.

En 2004 se hizo un viaje conmemorativo que partió del muelle San Ignacio de El Puerto, con motivo del 75 aniversario de su llegada a la Bahía de Cádiz, al que se sumaron numerosas embarcaciones recreativas y deportivas radicadas en los puertos de la zona, celebrándose una exposición con una réplica a tamaño natural de la proa y el puente de mando de la nave, así como otras actividades culturales y recreativas. De hecho, el Vapor se encontraba en la Oferta Municipal Educativa y se contaba su historia a los escolares de El Puerto. Muchos de otras poblaciones del interior han visto por primera vez el mar dentro de las maderas de la saga de los Adriano.

La propiedad del barco, declarado Bien de Interés Cultural (BIC) por la Junta en 1999, pertenecía a los últimos supervivientes de los hermanos Fernández Sanjuán y a los herederos de los diez hermanos: Pepe, Eduardo, María, Lola, Andrés y Josefa, Juan, Elvira, Amparo y Antonia. La sociedad que lo gestiona está dirigida por la propia familia y actúa como administrador único Antonio Somorrostro Fernández, que vive en El Ferrol pero se desplaza con frecuencia a El Puerto, y como naviero gestor Andrés Fernández Valimaña. Se quedó fuera del Plan Intermodal de Transportes del Consorcio Bahía de Cádiz y, como ha podido, la familia sortearon las aguas negras del desinterés de muchas administraciones hasta el extremo de gestionar, por mantener una tradición familiar, una empresa que no es rentable nada más que para el sentimentalismo de los ciudadanos de la Bahía. Sin subvenciones u otra fórmula de gestión, el Vapor no podía ni puede sobrevivir.

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