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historias de algeciras

La medicina (LII)

  • El escopetero Juan González pide a Isabel II que le reconozca el título de sangrador tras 35 años como tal

Dentro del contexto de la incoación del expediente aclaratorio al médico municipal don José Gómez, reseñar que la relación entre la medicina y el consistorio algecireño -como se ha reflejado en anteriores capítulos-, prácticamente nace con anterioridad al reconocimiento de Consejo propio a la ciudad de Algeciras en 1755; por lo que era responsabilidad administrativa municipal certificar las distintas situaciones que pudieran darse en el desempeño de las funciones de estos profesionales sanitarios; aunque también, en algún que otro caso, el Ayuntamiento tuvo que afrontar negativamente otras situaciones administrativas, generadas por la necesidad de emplear personal sanitario no titulado, que llegado el momento exigían el reconocimiento profesional, en base a la practica reconocida por todos.

Valga como ejemplo y echando la vista atrás, el expediente abierto al ex escopetero sangrador Juan González, que ante la imposibilidad de obtener del consistorio el reconocimiento que pretendía, se dirigió directamente a la reina Isabel II: "Señora. D. Juan González, vecino de Algeciras […], reverentemente expone que hace 35 años cumplidos que se estableció en esta ciudad, y habiendo practicado la facultad de flebotomía (incisión en vena para evacuar cierta cantidad de sangre), bajo la dirección de varios profesores […] Así se encontraba cuando este año se ha presentado un sangrador examinado, que celoso de sus intereses reclamó de la autoridad local su derecho exclusivo como profesor y a pesar de la aceptación pública por la habilidad que tiene acreditada que comprueba el certificado adjunto de todas las personas mas notable de este vecindario, no ha podido menos de prohibírsele dicho ejercicio dejándolo sumido en la miseria con su numerosa familia, por solo la circunstancia de carecer de título, cuando no está en edad de acudir á una Academia, ni según los reglamentos vigentes, puede desde luego solicitar su revalida. También ha servido á su patria en el Ejército -prosiguiendo el documento estudiado-, como prueba la adjunta copia de su licencia absoluta en la cual no aparece el tiempo en la guerra de la independencia que también sirvió y de donde pasó á Escopeteros de Getares […] A Vuestra Majestad, rendidamente suplica que usando de su autoridad y real munificencia, se digne mandar que le expida el título de Profesor de Flebotomía, dispensándole los cursos académicos en consideración á los antecedentes que justifica; así lo espera de la conocida bondad de S.M., cuya importante vida ruega a Dios prolongue muchos años con toda prosperidad. Algeciras á 26 de Junio de 1850. Señora. A.L.R.P.D.V.M. Fdº. Juan González".

El citado ex escopetero acompañó su solicitud, entre otros documentos, con una certificación del Vicario Eclesiástico de Algeciras, en la que se expresa: "Certificamos que Juan González vecino de esta Ciudad, ha estado ejerciendo la profesión de Maestro Sangrador, con la más exquisita aceptación y satisfacción de todos sus conocimientos por más de 30 años [...] Y para que lo pueda hacer constar donde le convenga, es justo merecimiento de la humanidad y del interesado, firmamos la presente en la ciudad de Algeciras á 8 de Junio de 1850".

De todos los documentos que aportó el sajador solicitante, llama la atención -desde un injusto punto de vista actual-, la certificación que a petición del alcalde de la ciudad, realiza el galeno Joaquín María Navarrete: "Certifico, según la Orden del Alcalde Mayor de esta Ciudad, que durante mi permanencia en esta Ciudad, que es desde el año 1830, ha estado continuamente practicando la flebotomía Juan González, con un aprovechamiento extraordinario y con unos conocimientos adelantados en este ramo del arte de curar, por lo cual conceptúo a tal González con las cualidades suficientes para ser inscrito en la matricula de sangradores de la Real Armada; y para que conste á los fines conducentes doy la presente en Algeciras á 9 de Febrero de 1835. Fdo.: Joaquín María Navarrete".

Por último -además de las certificaciones reseñadas, voluntaria la primera y por orden municipal la segunda-, el solicitante aportó un listado de firmas de las personas más influyentes de la sociedad algecireña de la época: "Los Infrascritos vecinos de esta Ciudad, certificamos y en caso de necesidad juramos, que D. Juan González, del mismo vecindario, hace más tiempo de 35 años, que en ella está desempeñando con todo acierto, á satisfacción del vecindario y de los facultativos la profesión de Cirujano Sangrador, ejecutando las operaciones señaladas por los mismos, sin haber dado lugar á reclamación y prestando interesantes servicios en los tiempos de epidemia y cólera, sin haber dado razón á queja por error en su servicio, y para que pueda hacerlo constar le firmamos la presente en Algeciras á 26 de Junio de 1850".

Y por último, agregó en la documentación que envió a la Casa Real, el Certificado de Contribución Industrial y de Comercio, reconocido por el Alcalde Constitucional D. José Rodríguez Linares, por el que: "Don Juan González, con domicilio en calle Imperial (hoy, Alfonso XI), ejerce arte u oficio de Sangrador, y que las cuotas que le están señaladas por esta contribución son las siguientes: "Por derecho fijo 60 r.v. Por derecho proporcional 18 r.v. Y por recargo de 2 mr (maravedíes), en cada real. Total 63'18 r.v.". Y mientras palacio resolvía: "El sangrador examinado -que motivó el expediente-, celoso de sus intereses reclamó de la autoridad local su legitimo derecho exclusivo como profesor para ejercer como tal".

Volviendo a la también controversia administrativa a través de la incoación del expediente -décadas más tarde-, que tiene como escenario el consistorio algecireño y protagonista al facultativo José Gómez, significar que la ronda de declaraciones, siguió su curso, correspondiendo el turno a: "D. Domingo Carvhalo y Lima […], y dijo que se afirma y ratifica en la instancia que se le lee que está firmada de su mano, debiendo advertir el declarante que no tiene más noticias que ha odio de público el que el médico Don José Gómez se ha negado á asistir á alguno de los enfermos, pero sin que le conste afirmativamente. Firmado: Alcalde, secretario y declarante".

Tras don Domingo Carvhalo, ocupó su lugar como declarante don José Costa y Alarcón, Coronel de Infantería retirado de 64 años, casado, y residente en Algeciras, quién una vez prestado juramento, dijo: "Que el 3 de Enero del pasado año cuando la epidemia colérica, elevó en carta particular al Excmo. Sr. Gobernador Civil de la provincia, la queja que entre otros particulares decía así: No se como explicar a V.S. el sentimiento tan grande que al saber esta noticia se apoderó de mí, porque indudablemente mi corazón se hubiera desahogado al expresar á su autoridad el dolor de un padre, y el de siete hijos huérfanos de madre, dolor que nos ahoga en este momento por la falta de atención del deber y cicuta de humanidad, cometida en la madrugada del 29 de Diciembre, por el médico titular de esta localidad Don José Gómez Este Señor -prosigue la declaración documentada-, cómo médico de la casa hacía unos diez ó más años, fue avisado para asistir á la citada mi hija á las tres de la tarde del 28, y lo verificó con puntualidad á esa hora, pero agravándose la enferma á las tres de la madrugada del 29, fue llamado por uno de sus hijos, y se negó á salir de su casa y prestar su asistencia; vuelto por segunda y tercera vez á llamarle con suplicas en el intervalo de unos tres cuarto de hora, reiteró su negativa con expresiones de que no iba que no tenía ni el deber ni la obligación de ir. Esta negativa tan sin razón por su cualidad de médico titular; tan desagradecida con una casa que siempre le había satisfecho sus honorarios con puntualidad; que era considerado y encomiado siempre con la amistad y cariño que se le profesaba, hicieron en la enferma un efecto tan desastroso y fatal, que oír á sus hijos su negativa y notándosele un desplome y abatimiento en su naturaleza, fue un hecho visible en los que la rodeaban. Llamado yo, y personado á las cinco de la madrugada á la cabecera de mi desgraciada hija, hubieron de referirme mis hijos y nietos lo sucedido, y dando lugar á que reposase en mi, la justa indignación de negativa semejante, pasé yo, en persona á las seis de la mañana á llamarle contestándome lo mismo; que ni iba, que mis nietos habían tenido la imprudencia de molestarlo á las tres de la madrugada, y otras sin razones ajenas á los profesores de la ciencia que él ejerce, y mucho más á los de un titular retribuido por las personas pudientes de la localidad; profesores que por humanidad deben multiplicarse en días aciagos, como los que estamos desgraciadamente atravesando. Esperando en la calle al pié de la reja de su casa, suplicándole, diciéndole eran ya las seis de la mañana, pude lograr al fin se levantara y viniese como lo efectúo, no sin antes repetirme, que si lo verificaba era solo por el respeto y consideraciones á mi. Todo en voz arrogante que yo sufrí Sr. Gobernador dispense el calor de esta frase, con las de Caín en el cuerpo, porque en aquel instante solo miraba la tranquilidad que creía llevaba a mi malograda hija q.s.g.g (Que su gracia goce), tal es el relato verídico desapasionado y todavía muy parquísimo de lo ocurrido con mi desgraciada hija, que ha dejado siete hijos que hoy, tengo recogidos y abrigados a mi sexagenario calor. Sería en mí, dignísimo Señor, si yo dijera en este escrito; es más, si abrigase la idea de que mi infortunada hija no hubiese de sucumbir; pero lo que sí aseguro, lo que sí es positivo, cierto como la luz del día, es que al oír a mis hijos la negativa de su médico, el médico amigo, recomendado de su esposo, hoy ausente (se encontraba ejerciendo de cónsul en Japón), esa desgraciada madre se desplomó y se vio venir su fin á pasos de gigante, expirando a las tres de la tarde del día veintinueve. Hasta aquí lo expuesto en mi carta al Excmo. Sr. Gobernador, referente al titular médico de la localidad. Ahora bien -prosigue el Sr. José Costa su declaración-, ¿es dado á este u otro profesor abandonar á su enfermo que ha comenzado su asistencia, sin entregarlo á otro con las reglas y prescripciones establecidas para la consulta?. ¿Es imprudencia en un vecino del pueblo llamar al médico titular del mismo para que lo asista?. ¿Cabe ni es admisible la expresión molestarlo, dicho en su negativa por un médico titular retribuido por el Municipio para la clase pobre, y por la acomodada en su servicio particular?. ¿La titularidad que él ejerce no fue concedida por el Municipio, á su solicitud, obligándose á la asistencia de los vecinos enfermos del pueblo? ¿Es humanitario ni mucho menos decoroso el proceder del médico titular de un pueblo negando la asistencia á los vecinos en épocas críticas calamitosas, cual aquellas y cuando por ellas estaba recibiendo del Municipio 60 reales diarios sobre su sueldo ordinario? El que refiere -el retirado coronel de infantería, comienza así, la parte final de sus contundentes manifestaciones-, que tiene ideas elevadas de la profesión médica y á la que rinde un particular y fervoroso culto, no puede menos de contentarse negativamente á los anteriores expuestos, y apreciar en su fuero interno que la conducta observada en aquel entonces por el médico titular D. José Gómez, fue incalificable, censuradísima por toda la población, puesto que no fue sólo con las familias del exponente sino con las de los pobres, y las de otros que no lo eran como el fallecido D. José Sambucety Ottone, según de público se dijo, en aquellos días nefastos y se continúa diciendo en la actualidad que su asistencia médica deja mucho que desear, y el descontento en la clase más humilde es general. Que no tiene más que decir, que lo dicho es la verdad á cargo del juramento que tiene prestado y firma. Alcalde, secretario y declarante".

El consistorio algecireño, dada la vinculación laboral de los protagonistas en los dos procesos reseñados -el sangrador Juan González y el médico José Gómez-, se vio forzosamente involucrado en ambos. Pero resoluciones aparte, llama la atención la larga tradición española recaudatoria a toda costa, como se ha expuesto en el caso del sangrador, en la que sin importar la legitimidad para la práctica de la profesión, las garantías para la salud de los ciudadanos quedaban en un segundo plano; pero esa, es... otra historia.

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