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historia. la desaparición de un edificio emblemático

Fuego en sepia: El Kursaal 75 años después (I)

  • El 16 de octubre de 1942 el antiguo balneario y casino encubierto, que por entonces servía de sede del Instituto, sufrió un incendio

  • En su interior se encontraban 400 alumnos

El 16 de octubre de 1942 fue una fecha que durante mucho tiempo recordaron los algecireños. La ciudad olvidadiza y despegada de su historia amaneció aquel día de sequía pertinaz y estíos atrasados bajo el taró de los levantes eternos. Al final de la mañana la neblina se había disipado, pero una negra columna de humo comenzó a percibirse desde todos los puntos de una Algeciras aún recogida, armónica y provinciana. Desde la Banda del Río y la Marina, por aquel entonces epicentros de la vida local, se veían levantarse negras humaredas que tenían su origen en el Kursaal, un antiguo balneario y casino encubierto que en aquellos primeros años de posguerra servía de sede del Instituto.

El incendio del Kursaal cuando estaba repleto de alumnos no es sino una metáfora de lo que fue la actividad docente en nuestra ciudad en tiempos pasados: llena de luces y sombras, paréntesis y puntos suspensivos... Algeciras fue una ciudad pionera en la enseñanza secundaria en todo el territorio nacional. El germen de la praxis docente se encuentra en las Cátedras de Gramática y Latinidad, fruto del legado del capitán Antonio de Ontañón, que fueron instituidas en la sede del convento de Mercedarios desde 1769. Los viejos y derribados claustros de la calle Alfonso XI albergaron la docencia desde entonces hasta 1836, fecha en la que, tras la Desamortización promovida por Juan Álvarez Mendizábal, se produjo la del edificio conventual y el consiguiente cese de la actividad en el mismo.

El Kursaal era un edificio de madera con grandes cristaleras sobre la playa del Chorruelo

Esos años fueron en los que comienzan a darse los primeros pasos para instituir en España una enseñanza secundaria pública, sobre todo a partir de los planes y proyectos de Instrucción Pública de Ángel de Saavedra (1836), del marqués de Someruelos (1838) o Gil de Zárate (1845). A partir de este último Plan se crean en España los Institutos de Segunda Enseñanza y ya en 1846 se presenta desde el Consistorio local una solicitud para ubicar uno de ellos en la ciudad. Los vaivenes de la política decimonónica permitirán que este sea creado en 1849, fecha relativamente temprana, si tenemos en cuenta que en Andalucía Occidental el de Sevilla se funda solo tres años antes y los siguientes serán los de Jerez, Córdoba, Huelva o Cádiz, que lo harán en 1850, 1851, 1856 y 1863.

A mediados del siglo XIX Algeciras será de las primeras ciudades de España en poseer un Instituto de Segunda Enseñanza. Su posición geoestratégica frente a Gibraltar y el azar de las decisiones políticas así lo favorecieron. Este primitivo centro se situó en una casa noble sita al final de la entonces conocida como calle Imperial -actual Alfonso XI- y representaba una enseñanza elitista y burguesa llena de uniformes y ajuares, levitas y cubiertos de plata, internados y mayordomos, globos aerostáticos que eran elevados desde el cercano paseo de Cristina y exámenes finales amenizados por la banda de música del Gobierno Militar. Sin embargo, la escasa burguesía algecireña era insuficiente para mantener un centro de estas características y el cambio de color de sucesivos gobiernos locales y estatales llevarán consigo el cierre del Instituto en 1855. Años antes había tenido que trasladarse de la casa noble a los claustros del desamortizado convento de la misma calle, compartiendo espacios con la cárcel local.

Desde entonces hasta bien entrado el siglo siguiente, la enseñanza secundaria pública estará en la ciudad en manos privadas, como la academia Armenta, regida por Antonio Armenta y Díaz; el colegio de San Ildefonso, dirigido por Julián Heriz o el Alfonso XIII -posteriormente denominado colegio Politécnico-, que regentará Cayo Salvadores.

A principios del siglo XX Algeciras conoce un incuestionable impulso regenerador. Tras la certera proyección internacional que le otorgará la Conferencia de 1906, su número de habitantes conocerá un aumento progresivo tras los descensos observables en la segunda mitad del XIX. Despuntan además hechos que mueven al optimismo, como la constitución de la Junta de Obras del Puerto en 1907, de la Cámara Oficial de Comercio, Industria y Navegación en 1909, la creación de la Escuela de Arte en 1910, la Escuela de Aviación o la construcción del Casino-Balneario del Kursaal en 1911.

En la siguiente década, ya en plena dictadura primorriverista, se implanta por Eduardo Callejo un plan de educación que regulará y modernizará las enseñanzas de bachillerato, lo que provocará la creación de nuevos centros tras décadas en las que se mantuvieron los institutos decimonónicos. Hasta entonces, los alumnos de Algeciras tenían que ser examinados por catedráticos que se desplazaban a la ciudad desde el Centro de Cádiz, ya que los colegios privados en los que se impartía enseñanza no se estaba facultado para ello.

Las estrechas relaciones que mantenía Miguel Primo de Rivera con Algeciras motivaron que la ciudad fuera una de las que se vieron favorecidas con la creación de un nuevo Instituto en 1929. En un principio poseyó carácter local y su primer Comisario Regio fue Demetrio Nalda Domínguez, hasta entonces catedrático numerario del Instituto de Segunda Enseñanza de Cádiz. El curso se inauguró el 1 de noviembre en el Casino Cinema con la asistencia del Rector de la Universidad de Sevilla, Félix Candau y su Vicerrector, Ignacio Casó. Desde un principio, este Instituto estuvo marcado por el problema del espacio.

Al poseer categoría de Local, era el Ayuntamiento el encargado de determinar su ubicación. Tras intentarlo en la sede del Banco de España en la calle Ancha y en el edificio de la Escuela de la calle San Antonio, al final se decidió ubicarlo en el recién construido por Emilio Antón para la familia González Gaggero en la Banda Norte del Río. Allí, en la segunda planta, se desarrollarán los primeros años de una docencia que, desde el principio, se manifiesta como encorsetada por una ubicación inadecuada. Junto a la vía del tren, sin espacios abiertos donde desarrollar los recreos, la busca de unos nuevos locales se convertirá en motivo de reivindicación de los sucesivos claustros. Ya en época de la II República esta reivindicación será tan intensa que -tras barajar otros espacios como el cuartel de Escopeteros, ubicado en el antiguo convento de Mercedarios- el Consistorio se ve obligado a habilitar una nueva sede con carácter provisional. Esta no será otra que el Kursaal.

Tras su construcción en 1911 siguiendo el proyecto de Jorge Croisée D'Ancourt, el Kursaal era una edificación de madera con grandes cristaleras sobre la playa del Chorruelo, a los pies del Hotel Reina Cristina. Conoció días de vino y rosas hasta que la suspensión del juego por Primo de Rivera en 1925 lo hizo entrar en una imparable decadencia. Desde 1929 pasó a titularidad municipal, que lo cedió al Patronato Nacional de Turismo para la realización de exposiciones que se fueron dilatando en el tiempo. Cuando el Consistorio decide trasladar la actividad docente a sus dependencias, estas eran ya una máscara menguada de cristales rotos y maderas desvencijadas.

Ni el director ni el claustro de profesores vieron con buenos ojos este traslado. Preferían la rehabilitación de un edificio más sólido y céntrico como el cuartel de Escopeteros, aunque la mejor solución era la reivindicación de un nuevo edificio. En principio, el Ayuntamiento optó por la solución más barata: pintó los viejos tablones, repuso las cristaleras y dividió la amplia nave interior con lienzos procedentes de velas de barcos, que actuaron a modo de improvisados tabiques. Con posterioridad, se pudo conseguir que el Ministerio iniciara las obras de un nuevo Instituto en los altos del Calvario, pero el estallido de la guerra hizo suspender las obras y la ubicación provisional del Instituto en el Kursaal se prolongó desde 1933 hasta el mismo día de su incendio, nueve años más tarde.

Durante todo este tiempo, la práctica de la actividad docente no fue nada fácil en este Instituto varado sobre la playa. Los primeros meses de docencia en el Kursaal fueron muy agitados, ya que el entonces director, Manuel Díez Tortosa, no cesa en una postura altamente reivindicativa y sin descanso protesta ante el Ministerio por la precariedad de las instalaciones. Desde Algeciras, el Consistorio llegará a conseguir la destitución y el traslado del director, pero sus relaciones con el claustro de profesores serán difíciles. Solamente se calmarán cuando se produzca el inicio de las obras de construcción del nuevo edificio que, bajo las órdenes de Trinidad Solesio y Eduardo Torroja, se producirá en 1934.

Sin embargo, la vida del Centro continuará llena de sobresaltos. El estallido de la Guerra Civil conllevará el cierre oficial del mismo. La totalidad de los profesores fueron trasladados el Instituto Hispano-Marroquí de Ceuta, aunque ello no determinará el cese de la actividad en Algeciras. Numerosos profesionales de la ciudad, encabezados por José García Bazo, Lucas Millán y el párroco de La Palma, Andrés Yun Encinas, se encargarán de que se sigan impartiendo las clases de la mano de Enrique Salvo Casado, José y Manuel Patricio, Luis Rivera, F. José Sisso, José María Alberich, Venancio Sagrario o Juan Aguilar. Esta situación se mantuvo hasta el final de la contienda, ya que el 4 de octubre de 1939 el recién creado Ministerio de Educación Nacional insta a la reapertura del Instituto de Algeciras que a partir de ahora poseerá el carácter de Nacional y al retorno de todos los profesores que habían sido trasladados.

Es en este contexto cuando llega la mañana del 16 de octubre de 1942. Cuatrocientos alumnos se encontraban en el interior del edificio, palafito de madera y cristales que se alzaba sobre un Chorruelo ya colmatado. Por debajo de sus instalaciones discurría en curva una vía sobre la que se desplazaban vagonetas que transportaban bloques de piedra caliza desde la cantera de los Guijos para ser utilizadas en las obras de ampliación del puerto. Junto a sus pilares de madera se acumulaban barcas, sogas y aparejos.

El año fue extremadamente seco por encima de tópicos y frases hechas. Una de las vagonetas provocó una chispa al pasar bajo el edificio que acabó generando un voraz incendio. Las primeras llamas surgieron en el extremo sur, justo debajo del aula donde en aquellos momentos el profesor Milesio Ruiz impartía clases de dibujo. Fue el alumno de primero Francisco García Rivero el que dio la voz de alarma y en solo unos minutos se produjo la evacuación del edificio. La arena y el limo de la playa se convirtieron en el lecho hacia donde saltaron alumnos, profesores, administrativos y conserjes. Pero allí también arribaron expedientes, cuadernos de calificaciones, libros, viejos herbarios del Museo de Historia Natural y hasta el reloj de caja de roble que marcaba la hora sobre la puerta del despacho del jefe de estudios. Se salvaron todos cuantos estaban en el viejo caserón expuesto a los vientos, al mar y a los temporales. El fuego acabó con sus maderas y sus días y solo un recuerdo en sepia cubierto con el velo de la nostalgia ha llegado hasta hoy. El fuego terminó con el espacio, pero no con el nombre, ya que, como en muchos otros casos, las llamas no fueron sinónimo de muerte, ni de aniquilación, ni siquiera de olvido, sino motor del suceso que acabó despertando una fuerza regeneradora apenas conocida en una ciudad que hoy solo reconocemos en el sepia de las fotografías de entonces. Y es que el fuego no fue sino el inicio de otra historia.

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